La más reciente Convención del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) solamente demostró la gran enfermedad de poder que afecta a caudillos que han llegado a creer que las instituciones políticas que dicen liderar son propiedad personal. Refiero al PLC porque la reciente mascarada de su “reingeniería” es un tanto igual de lo que padecen otros sectores que diciéndose “oposición” son en realidad rehenes de sus dirigentes en eso que se denomina sociedad civil o partidos políticos.
Hay quienes no lo quieren aceptar, pero las más recientes encuestas, nacionales y extranjeras, dicen claramente que el nicaragüense se empachó de la clase política que llamándose demócrata no tiene nada diferente —autoritariamente hablando— de aquellos que detentan el poder como consecuencia de la incapacidad de los que nos quieren vender una libertad que no conocen ni en sus propios grupitos.
Recientemente quien fuera el candidato del PLI en las elecciones de noviembre pasado lamentaba el grado de “masoquismo” del pueblo nicaragüense por mantener en el tope de su popularidad al presidente Daniel Ortega, independientemente de lo legítimo o no que pueda ser su segunda administración consecutiva. Mientras esto sucedía el mismo cuentista, el banquero, el feo y el señor del chile aparecen en ese orden en la cola de los encuestados, lo que por supuesto no ha sido digerido por la llamada “oposición”.
¿Qué pasa? estos grupúsculos PLI, PLC, sociedad civil y otros que se refundan con los mismos rostros de siempre despotrican, pero no proponen. Mientras Ortega genera leyes que sus enemigos denuncian como absurdas, pero que terminan aprobando y avanza consolidando su aceptación a través de cualquier cantidad de programas sociales, nuestra pírrica, indigna e indigente “oposición” no hace otra cosa que posar ante los medios valentías que no tienen y por supuesto excesos de rabia de los unos contra los otros.
Estos “paladines de la democracia” con sus torpezas crearon con mucho éxito una visión hacia nuevos liderazgos. Ninguno de estos que hablan de libertad, de respeto a la institucionalidad, de derechos humanos o de cualquier otra cosa que trata de crear condiciones para una guerra, no tienen ni fuerza ni autoridad moral para conducir al pueblo a las calles. No la tienen porque más allá de sus pleitos y sus divisiones no tienen esperanzas que ofrecer.
A Daniel Ortega y a sus operadores políticos les podrán decir que son los culpables de la división de los “demócratas”, pero al margen de que en tal caso sería una acción legítima para alcanzar el poder y que cualquiera con poca inteligencia lo haría, estos nuestros “paladines de la libertad” desde el 2006 debieron haber aprendido la lección de que la división siempre les será un factor letal.
Lo anterior sin embargo, ya es historia y la leche fue derramada. En lo particular pienso que esos empresarios a los que siempre les demandamos que fueran más beligerantes oyeron bien claro y se tomaron muy en serio el reclamo. Ahora estos han asumido con claridad el rol de los partidos políticos y son quienes están imponiendo la agenda y además negociando, conversando, platicando y pactando con toda legitimidad y transparencia con el partido en el poder.
Cosas grandes se arman del lado empresarial mientras los chacales de nuestra clase política —en la acera de la “oposición”— se devoran entre sí hasta su propia extinción. En su lugar surge de los empresarios una propuesta real y efectiva para contender en las próximas elecciones generales y enfrentar así a un poderoso Daniel Ortega al que hay que sortear con inteligencia y no con lo que las gallinas ponen. Mientras tanto esos que todavía se consideran partidos políticos “democráticos” que se vayan preparando para ir en la cola y no en la cabeza.
El autor es periodista.
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