Eric Núñez/AP
La expectativa de los Yanquis para el año que marcaría el adiós de Mariano Rivera era por todo lo alto. Con su temple modesto, sereno y serio, saldría a lanzar por última vez. Sacaría los tres outs del noveno inning con el lanzamiento de siempre —la venenosa recta cortada— y sus Yanquis celebrarían otro campeonato en una Serie Mundial, el sexto del panameño con el único equipo con el que ha jugado.
Perfeccionista y cumplidor al detalle de la rutina de preparación, las lesiones no se asociaban con Rivera. La última vez que estuvo en una lista de incapacitados fue hace casi una década, cuando en el 2003 sufrió una dolencia en la ingle.
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Tristemente, el guión soñado para la culminación de la 18va campaña del derecho de Puerto Caimito ha quedado en el limbo. En vez de festejos en una lomita y baños de champaña en el vestuario, la posible última imagen de Rivera es verlo trastabillando en la franja de advertencia del Kauffman Stadium de Kansas City, mientras atrapaba elevados en una práctica de bateo, sin poder ocultar las muecas de dolor causadas por una lesión en la rodilla derecha.
Rivera se cayó al intentar atrapar un elevado y se rompió el ligamento cruzado anterior y el menisco, una lesión que requiere una larga y paciente recuperación.
Si bien nunca dijo explícitamente que el 2012 iba a ser su último año en las Mayores, todo el mundo entendió la gravedad de lo ocurrido el atardecer del jueves: la ilustre carrera de Rivera pudo haber llegado a su fin. ¿Irse del beisbol así por una lesión en circunstancias tan inocuas? Simple y llanamente no se ajusta a lo que debe ser el escenario apropiado para el mejor relevista en la historia, un seguro miembro del Salón de la Fama.
Rivera no pudo contener el llanto, una reacción inusitada que no se dio en sus momentos más difíciles, como cuando en Arizona malogró el salvado en el séptimo juego de la Serie Mundial del 2001 o los dos rescates que dejó escapar en la serie de campeonato de la Liga Americana contra Boston en el 2004.
A la vista de compañeros de equipos y adversarios, todo este tiempo, Rivera había proyectado una imagen de indestructible, sin importar que ya tenía 42 años.
Su eficacia es alucinante: por lo menos 60 apariciones en cada una de las últimas nueve temporadas y sin fallar en conseguir al menos 30 salvamentos desde el 2003. De vez en cuando se registraban malas salidas, pero que después pasaban al olvido con abrumadoras exhibiciones de dominio.
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