A lo largo de nuestra historia los nicaragüenses hemos vivido en una confrontación casi permanente, algunas veces bélicas y otras verbales con períodos relativamente cortos de estabilidad. Gozamos los nicaragüenses de muchas virtudes y cualidades, pero también tenemos unos terribles defectos. En general el nicaragüense es dual, envidioso y oportunista.
Algunas causas sobre esta inveterada conducta y comportamiento según algunos historiadores y estudiosos, las encontramos en nuestros orígenes. En los comienzos de la colonización refiere el cronista Oviedo nuestras dos culturas madres, Chorotega y Náhuatl tenían formas de gobierno y de comportamiento distintas. Mientras los chorotegas eran civilistas y su gobierno era representativo, compuesto por hombres de las diferentes plazas o pueblos que eran electos mediante el voto, los náhuatls eran guerreros, confrontativos y se gobernaban por un cacique autócrata. Mientras los caciques náhuatls nombraban, los chorotegas elegían.
Los náhuatls, dice Pablo Antonio Cuadra en su libro El Nicaragüense, “introdujeron la crueldad y el caciquismo, y fácilmente se entendían y pactaban con el conquistador”. Los chorotegas relata PAC, “fueron heroicos y representaron la resistencia y la dignidad del indio frente al conquistador hispano. Hay todo un linaje de gallarda soberanía desde Diriangén a Sandino, quien era un chorotega de Niquinohomo”.
Cuenta Oviedo que los españoles para entenderse con los indios, preferían hacerlo con una sola cabeza y no con muchas. Les anularon a los chorotegas esa buena costumbre y los obligaron a abandonar su forma de gobierno democrático y los hicieron gobernarse por caciques. La dualidad del nica está claramente representada por la figura del güegüense.
¿Es posible revertir este crónico proceder del nicaragüense? La respuesta en mi opinión es que sí es posible, y la solución independientemente de las causas ancestrales la he encontrado, tanto en una frase de Gandhi como del premio Nobel de Literatura don Octavio Paz, “con una voluntad indomable lograremos lo que nos proponemos”, dijo Gandhi, y “hay que cambiar de actitudes y hay que cambiar de raíz”, decía don Octavio, de tal manera que mientras no tengamos esa voluntad y cambiemos de raíz, muy difícilmente podremos avanzar.
Además de otras razones que pudieran explicar nuestra forma de proceder, nuestro mestizaje indo hispano pareciera ser la principal razón. No podremos prosperar si no abandonamos la confrontación por la concertación, el sectarismo por la inclusión, la imposición por el consenso, el monólogo por el diálogo; y que privilegiemos el interés común y de la Nación sobre el personal y el partidario. En otras palabras, debemos abandonar a los náhuatls y convertirnos todos en chorotegas.
Esta histórica conducta del nicaragüense ha afectado de forma evidente el desarrollo del país en lo social, en lo económico y en lo político. Por ello existe una razón más para preocuparnos e insistir cada día más en la educación, como el instrumento más eficaz y eficiente por su indudable contribución, para lograr desde muy niño ese cambio de actitud en el nicaragüense.
Recordemos que por medio de la educación se transmiten no solo conocimientos, sino también valores, costumbres, cultura y se aprenden normas y patrones de conducta que son las que debemos cambiar. Un programa de estudios en la educación formal, debería tener como uno de sus grandes objetivos en sus planes educativos y académicos, el cambio de actitud del nicaragüense.
En su reciente viaje apostólico a Guanajuato, México, el papa Benedicto XVI dijo: “Transformen sus corazones y podrán cambiar el mundo”, frase que bien podría ser aplicada a nosotros los nicaragüenses. Cambien de actitud y podrán transformar su país.
Solamente teniendo todos los nicaragüenses la voluntad y la firme determinación de conseguirlo, podremos cambiar nuestra perjudicial conducta y trascender hacia el interés nacional para lograr un verdadero desarrollo integral, y hacer de nuestra sociedad, una sociedad más justa y productiva en todos sus niveles y avanzar hacia el gran objetivo de insertarnos en el mundo de las naciones desarrolladas.
El autor es médico
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