Contra todo pronóstico

A sus 41 años, Marlon José Soza Chavarría es el médico general más viejo que estudia Pediatría. Es médico residente en el hospital La Mascota, en Managua, y junto con él un grupo de chavalos veinteañeros, también médicos, llevan la misma especialidad.

Por Róger Almanza G.

A sus 41 años, Marlon José Soza Chavarría es el médico general más viejo que estudia Pediatría. Es médico residente en el hospital La Mascota, en Managua, y junto con él un grupo de chavalos veinteañeros, también médicos, llevan la misma especialidad.

Aunque en el primer año de la especialidad el doctor Soza asegura que se sentía con ganas de renunciar, hoy en su último año se siente con más ánimo que nunca para continuar.

“Al inicio da algo de pena porque sos el más viejo, pero la juventud te contagia y a mí me ha animado a continuar”, valora Soza.

Es esa misma juventud la que le animó a entrar a la especialidad, cuando en los pasillos del Hospital Militar los jóvenes doctores lo animaron a aplicar al examen de especialidad. Dos intentos necesitó para pasar la prueba.

Su inseguridad no era “locura”, afirma Soza. Años atrás una junta médica le había recomendado no volver a ejercer en ningún centro hospitalario si quería continuar sano.

Aunque Soza asegura que fue una prueba difícil, nada se compara con las pruebas que la vida le había puesto. La primera, un diagnóstico de cáncer en el sistema linfático, cuando apenas tenía 16 años y nacía en él la inquietud de ser médico.

La pobreza no es excusa

Originario de Masaya, Soza es el mayor de seis hermanos. Hijo de un padre carpintero y una madre artesana de canastos en la ciudad bautizada como Cuna del Folclor Nicaragüense.

“Una familia muy pobre, la verdad que nunca hubo nada de más en mi casa, siempre había necesidades que se anteponían incluso a los estudios… razón por la que a mis padres no les interesaba si iba o no al colegio, creo que tampoco sabían si había pasado el año escolar”, cuenta el doctor Soza, con esa voz que se quiebra y la garganta exige “tragar gordo” para poder continuar.

A diferencia de muchos de sus amigos del barrio y contra todo pronóstico, el adolescente Soza, de 16 años, ya estaba en tercer año de secundaria cuando el cáncer lo visitó.

Aparecieron unas pelotas en su cuello y aunque visitaron varias veces el hospital, nunca les supieron decir de qué se trataba. La vida de Soza continuaba aparentemente igual. Jugaba, corría, seguía en clases y había descubierto que quería ser médico, desde entonces empezó a usar guayaberas, porque eran las camisas que miraba usar a los médicos.

Dos años pasaron cuando al fin una biopsia, a esas raras pelotas que el médico las llamaba ganglios, dio un diagnóstico casi fatal.

“La verdad que a mí nunca me dijeron que era cáncer, mi madre lo sabía pero no me dijo… yo no me sentía mal, pero la cara de preocupación de mi mamá siempre me ponía en duda si yo estaría bien”, relata Soza.

Ya tenía 18 años y a medio año de bachillerarse, Soza tuvo que someterse a 4 cirugías. No fueron suficientes.

Una quinta cirugía lo llevó hasta Cuba. Ahí estuvo seis meses.

Una sala enorme, iluminada y limpia, donde docenas de camillas entraban y salían a diario cargando a pacientes cubiertos con sábanas celestes. Ahí en una fila formada de camillas estaba Soza, acostado boca arriba, la mañana en que lo operaron en el Hospital Oncológico de Cuba.

“Ahí fue el primer día en que sentí miedo y supuse que me podía morir”, recuerda Soza.

A pocas camillas de él, un paciente también acostado boca arriba, de piel blanca y cabeza rapada a tal punto que la luz de las lámparas parecía que rebotan en ella. Era la visión que tenía Soza, un momento real y mitológico, pues se le vino a la mente la leyenda de la “pelona”… “en ese momento solo pensaba que la pelona estaba cerca y que me iba a morir”, recuerda Soza, que hoy se ríe del chiste cruel.

Después de la operación siguió el tratamiento de radioterapia y cuando lo concluyó se regresó a Nicaragua a continuar con el tratamiento de quimioterapia.

Terminó el bachillerato en 1990. Fue nombrado el mejor bachiller de la promoción en el Instituto Nacional Carlos Ulloa, de Masaya.

“Sí, sabía que sería difícil porque había muchos problemas económicos, pero lo importante es ponerse una meta y no renunciar a ella”, dice Soza.

1335051105_249-DOM-AZO7469
La “pelona” toca por segunda vez

Desde que llegó a la universidad no descansó hasta lograr todas las becas posibles que le permitieran concluir con la carrera de Medicina General. Lo logró, a punta de becas se convirtió en doctor en 1998.

El Hospital Alemán era su centro de trabajo, pero fue despedido durante las huelgas médicas de ese entonces.

Soza no se quedaría de brazos cruzados y viajó hasta Waslala con el Fondo Social Suplementario. Aquí el cólera y la leptospirosis eran el pan de cada día en la comunidad El Naranjo. Un lugar inmerso en la montaña que recibió a Soza a las 8:00 de la noche, con calles llenas de lodo, sin energía eléctrica y más pobreza de la que Soza conocía.

El puesto de salud donde atendería a los pobladores no tenía agua potable ni energía eléctrica y la prioridad era atender a las mujeres embarazadas, que en la zona, recuerda Soza, eran muchas. Las mujeres tenían entre 10 y 15 hijos y era común atender a mujeres cuarentonas en su décimo embarazo.

“Doctor usted se está poniendo amarillo”, le dijo una paciente una mañana. Días después no logró levantarse de la cama, el dengue lo tenía tumbado.

“La verdad me sentí alegre porque la única forma de salir de la montaña era si te enfermabas y así fue, me vine a Managua, pero la alegría se convirtió en aflicción y miedo en un dos por tres”, cuenta Soza.

Hospitalizado y diagnosticado con hepatitis B, los médicos no le daban muchas esperanzas de sanar, porque no había medicina ni equipos para saber el avance de la enfermedad.

El tratamiento que le ofrecía cura costaba miles de dólares. Tres ampollas a la semana, cada una costaba 160 dólares. Un tratamiento que debería aplicarse durante seis meses.

“Ya casi me rendía. No tenía la plata y el Minsa me dijo que no cubría. Pero un milagro de Dios ocurrió”, cuenta Soza.

Los médicos se la pusieron fácil. “Te podés ir a tu casa o te puedes quedar internado hasta el final”, recuerda Soza, las palabras de uno de sus colegas. “Opté por irme a morir tranquilo a mi casa”, recuerda.

Un hombre de 85 libras llegó a su casa en Masaya. Cansado y golpeado por la enfermedad.

Su caso se conoció y en poco tiempo se realizaron colectas con el apoyo de estudiantes de Masaya. Personas que no dieron nunca su nombre le enviaron sobres con la cantidad en dólares de lo que costaba una ampolla. Así logró el tratamiento de tres meses. Una mañana el Minsa le notificó que cubriría los tres meses restantes, en el marco de una jornada de salud.

La última batalla

En el 2001 la comisión médica que lo atendía le dio de alta, pero le advierten que no podrá continuar ejerciendo la profesión como médico.

El cáncer que sufrió en la adolescencia y la recién superada hepatitis B volvieron su sistema inmunológico muy débil. Soza estaba propenso a contagiarse fácilmente de cualquier otra enfermedad que le costaría la vida y debería evitar cualquier centro hospitalario.

Pasaron siete años y ya con 150 libras, Soza, un hombre de piel morena y estatura de un metro 47 centímetros, volvió a trabajar en una clínica médica popular, donde atendía hasta ocho pacientes al día. “El riesgo de algún contagio era muy bajo, por eso me atreví, además porque me sentía bien, me siento sano”, asegura Soza.

La necesidad de un mejor salario lo llevó a buscar oportunidad en un hospital. El Hospital Militar le dio la oportunidad. En los pasillos del Militar decidió hacer por segunda vez el examen de especialidad.

“La Pediatría me gusta mucho. En algún momento pensé en Oncología, pero de inmediato me di cuenta que a pesar de que yo padecí de cáncer, esto no era lo mío… Es duro para el médico, al igual que para el paciente y la familia, tratar con el cáncer, porque sabes que aunque trabajés con todas tus fuerzas, aunque des hasta tu último minuto de energía, el cáncer es mortal”, dice Soza.

Hoy los niños lo llenan de vida. Este año termina su especialidad y su vida continuará con el amor y la pasión que siente por esta profesión.

“El temor siempre está presente porque no voy a negar que mi sistema inmunológico es deficiente, tengo que cuidarme más que el resto de los colegas, pero no me detengo”, apunta Soza, casado por segunda vez y padre de dos hijos.

“Para ser pediatra hay que contar con amor a los niños, paciencia y mucha voluntad y al menos a mí me sobra”, dice Soza.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí