José Esteban González
La Constitución Política de la República de Nicaragua es el espacio jurídico-político inviolable en el cual nuestro pueblo existe, lucha y crece en un Estado de Derecho. Es el hábitat existencial y sagrado en el cual cada nicaragüense puede realizarse y contribuir, bajo la protección de Dios, al bien de todos, ejerciendo sus derechos y respetando los ajenos.
Nadie duda que quien viole o permita que la soberanía territorial de Nicaragua sea vulnerada o restringida se convertiría en traidor a la patria y reo de la pena máxima prevista en nuestras leyes. De igual manera, quien ose manipular o violar nuestra Constitución vulnera la soberanía política y jurídica de nuestra nación —es decir, de todos y cada uno de los nicaragüenses— debiendo ser declarado agresor y traidor a nuestra patria. Este es precisamente el crimen de lesa patria cometido por quienes se han coludido para impedirnos habitar en paz y armonía el territorio soberano e inviolable de nuestra nación y de nuestros derechos humanos que es la Constitución Política de la República de Nicaragua, hoy hecha añicos por quien había jurado respetarla y defenderla. Al hacerlo, dicho personaje nos está arrastrando hacia situaciones similares a las de su primer gobierno dictatorial, que el papa Juan Pablo Segundo lapidariamente calificó de “noche oscura”.
En consecuencia, así como es deber inexcusable unirnos todos para defender nuestra soberanía territorial si esta fuese vulnerada, es de obligado cumplimento constituirnos en un ejército monolítico de ciudadanos decididos a liberar a Nicaragua de las garras del tirano y reinstaurar la República. Por lo tanto, hoy y cada día, debemos vivir de manera —no solo simbólica, sino real y actual— aquel memorable 14 de septiembre de 1856 en que nuestros padres y abuelos —superando diferencias personales y partidarias— se enfrentaron unidos al filibustero en el corral de San Jacinto y, en el fragor de la batalla, Andrés Castro, nuestro héroe más emblemático, lanzó la piedra certera que derribó al esclavista invasor.
Hoy, interpelados por su ejemplo y con la sangre hirviendo en nuestras venas, proclamamos: “¡Aquí está Nicaragua entera de pie, su territorio todo convertido en nuevo San Jacinto y su pueblo unido para vencer o morir!” ¡Que se tensen, pues, los músculos del Andrés Castro que a todos nos habita para relanzar la certera pedrada que convirtió al Corral de San Jacinto en la Tierra santa y fecunda en la que florece nuestra libertad!
¡Escuchad, hermanos, la voz potente que, como huracán liberador, lame las cumbres de nuestras majestuosas cordilleras y volcanes, agita nuestras selvas y barre los inmensos lagos, ríos y sabanas de esta tierra fértil y bella como el paraíso original! ¡Contemplemos cómo ese viento fecundo viene pringando de rocío colinas y potreros, sintámoslo acariciar nuestro rostro y henchir nuestro pecho. Veamos cómo, a su paso, va sembrando de flores, aves y peces, de pasión y de vida la tierra de nuestros amores. Escuchemos cómo, cual heraldo de una nueva creación, nos convoca a la nueva y definitiva guerra de liberación nacional para que, por fin y para siempre, estalle la paz y se desborde la vida! ¡Hoy, mi hermano, hermana mía, es San Jacinto de nuevo!
¡Hoy y siempre, San Jacinto! …San Jacinto! …San Jacinto!
El autor es Fundador de la CPDH y actual Presidente Nacional del PSC.