Harold O.M. Rocha
Dice un viejo refrán español que la ausencia, al más amigo, pronto lo pone en olvido, y por eso la decisión del actual presidente de Nicaragua de no asistir a la VI Cumbre de las Américas en Cartagena ha sido un grave error. Si bien no fue el único ausente, puesto que se sumó al boicot abierto del presidente del Ecuador, y a la ausencia justificada por motivos de salud del presidente de Venezuela, en el fondo no ha sido más que una anécdota. Nicaragua no dio explicaciones, pero muchos suponen que fue por solidaridad hacia Cuba. Treinta mandatarios de la región dieron ejemplo de cómo deben abordarse estos temas: estando donde hay que estar, para poder hablar lo que hay que hablar.
La mera inclusión del aislamiento de Cuba en la agenda de la VI Cumbre sugiere que es tema prioritario y es en sí un avance. El gobierno anfitrión y otros han expresado su deseo de que esta haya sido la última Cumbre sin Cuba, y no firmaron la declaración final porque no había acuerdo sobre esto. Pero es que estas cumbres, desde la primera, convocada por el presidente Clinton en Miami en 1994, se organizan bajo los auspicios de la OEA. Asisten países miembros, y Cuba no lo es. Habría que empezar, entonces, por un debate constructivo en ese foro.
El marco de estas cumbres es primordialmente económico. Toda lógica sugiere que el segundo país más pobre del Hemisferio no debería ausentarse por ningún motivo. La inmensa mayoría de nicaragüenses vive en la extrema pobreza y no corresponde a ningún otro país sacarnos de ella. Ni la solidaridad hacia Cuba, ni la amistad con el decadente gobierno de Venezuela, compensan las oportunidades perdidas para fortalecer relaciones con los que van progresando. ¿Qué ganó Nicaragua con su ausencia, sino quedarse en el patio trasero, donde nadie le escucha?
Viene bien aprovechar la coyuntura para esclarecer el error semiótico que fomenta una pésima traducción utilizada para describir la estrategia diplomática de EE. UU. hacia el resto del Hemisferio Occidental. Se dice con frecuencia de que América Latina es el “ own back yard ” de EE. UU., lo que en español se ha traducido, desafortunada y erróneamente, como “el patio trasero”.
La frase “ own back yard ” surgió en las primeras décadas del siglo pasado, con la construcción masiva de viviendas suburbanas para familias trabajadoras y de clase media, que, por razones climatológicas y culturales, siguieron una tipología arquitectónica de un solo volumen. Suelen tener jardín al frente y terraza o patio detrás. Las visitas más formales se reciben en el jardín del frente o en la sala. Los familiares y amigos más cercanos se reciben en el “ family room ” o en el “ back yard ”, es decir, en ambientes más distendidos.
En América Latina, el prototipo arquitectónico que heredamos de nuestros antepasados peninsulares es el de villa romana, cuyo espacio exterior es reducido, prefiriéndose un buen patio o jardín central que no solo aporta mayor ventilación e iluminación, sino también intimidad para recibir a la familia y a los amigos. Un segundo patio, detrás de la casa, suele dejarse para la crianza de animales domésticos o bien para guardar enseres de poco uso.
Así, una diplomacia del “ back yard ” no equivale a una del “patio trasero”. Nuestros diplomáticos, funcionarios y periodistas hablarían con mayor precisión si, al referirse a la diplomacia estadounidense hacia América Latina, la describieran como la diplomacia del patio de casa, es decir, del espacio donde se atiende en confianza a los contertulios y a quienes son bienvenidos.
El autor es abogado y académico
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