Los enemigos del Cocibolca

Hace algunos años apareció en Nicaragua uno de esos “iluminados” que sugirió disecar el lago Cocibolca para dedicar su tierra a la agricultura. La sugerencia levantó una ola de rechazo y el “iluminado” desapareció del escenario.

El lago Cocibolca es el segundo cuerpo de agua dulce de Latinoamérica por su extensión. Pese a la incuria gubernamental el lago proveía a toda la población costanera trabajo permanente y medios de vida. Muchas personas de sus laderas llevaban diariamente al mercado sus faenas diarias en cantidades suficientes sin provocar merma en las especies laguneras.

La fauna lacustre era variada y abundante: guapotes, mojarras, sardinas, cangrejos, tortugas, piches, zarcetas, patos de agujas, garzas, cocodrilos, pez sierra, manatíes. Tiburones adaptados al agua dulce, entraban y salían por el río San Juan.

Como medio de comunicación se viajaba todos los días a Rivas, Chontales, San Carlos, El Castillo, Ometepe, Solentiname y demás islas habitadas. Fue un medio de conexión con el exterior del país, a través del río San Juan, navegable y caudaloso. Por él entraban mercaderías extranjeras, que hizo de Granada una ciudad bien abastecida de la mejor calidad de productos europeos.

Fue también centro ritual en los albores históricos, como lo comprueban los ídolos y estelas grabadas labradas en piedras con medios primitivos por los primeros pobladores del territorio nacional.

Ha vuelto a parecer un nuevo “iluminado”. Una empresa extranjera que quiere convertir al Cocibolca en un gran depósito de aguas muertas, al sustituir la vida lacustre en kilovatios. Y no es que Nicaragua no necesite campo geotérmico de origen volcánico de 100 kilómetros cuadrados. Los trabajos allí realizados descubrieron un potencial de energía subterránea. ¿Por qué se abandonó el proyecto de aprovechar esa riqueza energética? ¿Es más cómodo y rentable para algunos gobernantes vaciar el lago en el océano Pacífico que perforar pozos geotérmicos?

Esa empresa extranjera “iluminada” debía buscar en su propio y extenso territorio donde aprovechar sus muchos recursos, en lugar de buscar en un país pequeño y pobre, gobernado por políticos venales, para crear un enclave de colonialismo empresario.

Lanzar el lago Cocibolca al océano Pacífico significa destruir los arrecifes de coral y las muchas formas de vida que hay en esas aguas ecológicas que alimentan una fauna haliéutica que da trabajo y vida a los cientos de habitantes de la costa. Otras consecuencias perniciosas serían para el turismo que se desarrolla en los privilegios del mar territorial de Rivas, donde se han invertido millones de dólares y resulta muy atractivo para las inversiones turísticas.

Para lanzar el agua del lago al mar habría que levantar un dique que secaría el río San Juan. ¡Cuánta saña para acabar con el San Juan! La temática de esta conspiración contra el Cocibolca debía ser estandarte de lucha de ecólogos y ambientalistas, para que Nicaragua no quede convertida en un territorio sin promesas de desarrollo en sus playas. ¡Río, lago y océano serían las víctimas expiatorias del colonialismo empresario!

La riqueza de Nicaragua se afinca en su variado y rico entorno geográfico, al igual que en el trabajo y la iniciativa de sus habitantes, para quienes los gobernantes en lugar de vender el país, debían preocuparse por crear trabajo digno y productivo para todos los nicaragüenses.

El proyecto de Brito vendría a ser en pequeño lo que es el proyecto Iguasú para Paraguay, que siendo el propietario de las majestuosas cataratas, quizás las más grandes e impresionantes del mundo, apenas recoge migajas de los beneficios que se obtienen de unos proyectos eléctricos que no le pertenecen. El autor es periodista

Columna del día Opinión
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