De todas las procesiones de la Semana Santa leonesa, sin lugar a dudas la profesión de la Reseña de San Felipe, es su procesión emblemática. Si el Domingo de Ramos el Señor del Triunfo recorre la Calle Real, montado en su pollino, y con su sombrero de pico, palma en mano la distancia entre la iglesia indígena de Sutiaba y la majestuosa Catedral de la vieja metrópoli, y el lunes en la tarde San Benito de Palermo nos hace hincarnos de rodillas, y vestirnos de cotonas blancas, o “vestido de luces”, acompañado de la sabrosa chicha de maíz negrito, y las candelas negras que nos recuerdan el tiempo de penitencia que significa la Cuaresma. El Lunes Santo, por la mañana, San Felipe, se viste de gala, lleva en andas la maravilla escultural que es esta imagen traída de Guatemala, conocida como el “Señor de la Reseña”.
Hay que verla, así como el Señor me dio la gracia de contemplar por largo tiempo la “Primavera” de Botticelli, en la Florencia de nuestro padre Dante. Así, con esa precisión y profundidad que encierra el arte, en sus sublimes expresiones, hay que venir a contemplar a este Nazareno de mi viejo barrio de San Felipe.
¡Miradlo! Ahí está, con esa mirada penetrante, y que encierra al mismo tiempo dolor, angustia, desolación y miedo y que lo hará exclamar en el Calvario. “Elí, Elí, lamá, sabactani”. Lo que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo: (27-47).
Su pómulo, morateado por los golpes de los verdugos, que se reían diciéndole: “Viva el rey de los judíos” (Marcos: 15-18). “Despreciado y tenido como la basura de los hombres, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento” (Isaías: 53-3-4). Su cara está desfigurada que ya no parecía un ser humano.
“Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban”. (Isaías: 53-4).
Este Nazareno de San Felipe, contrario al Señor del Rescate de Popoyuapa en Rivas, no tiene la simpleza de esa venerable imagen, que nos recuerda lo que dice el profeta. “No tenía gracia ni belleza, para que nos fijáramos en él, ni era simpático para que pudiéramos apreciarlo”. (Isaías: 53-3-4). El Señor de la Reseña es imponente, el gesto de su mano deteniendo la peste del cólera morbo, que azotó Nicaragua en 1867, hace que uno quede paralizado al contemplarla.
De niño, mirarla me daba escalofrío. Tanto dolor plasmado en una pieza de arte sacro, tanta amargura y desolación en todo su rostro. Horror de pasión, Él, el Cordero Pascual, azotado, escupido, golpeado, empujado, burlado, y escarnecido. Angustia suprema que no se puede imaginar, y que lo hará exclamar en Getsemaní “Abba (o sea Padre), para ti todo es posible; aparta de mí esta copa. Pero no: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras tú”. (Marcos: 14-36-37).
Viernes Santos: por la mañana, es de Vía Crucis. Nazarenos por todas partes. Sangre, clavos y martillos, penetrando la carne santísima del Cordero. En la tarde: El Santo Entierro. Mi tío abuelo, monseñor Porfirio Zapata Guerrero, vestido de negro, con su bonete y su larga cola, Deán de la Catedral de León, el mismo que siendo un niño acompañase al exilio junto con otro niño seminarista, conocido más tarde como monseñor Lezcano (primer arzobispo de Managua) al entonces obispo de León, monseñor Pereira y Castellón, al exilio, expulsado por Zelaya. ¡Dolor, dolor y más dolor!
Pero encima de todo eso, la Reseña es alegría, es triunfo, es entrega; son ángeles, y arcángeles, que acompañan al Nazareno que va “cual cordero al matadero, como oveja que permanece muda cuando la esquilan” (Isaías: 53-7-8).
¡Venid a León, sumerjámonos en la magia de su nostalgia y de su fe! ¡Venid a León! Admirad las alfombras de Sutiaba el Viernes Santo. Comamos, cusnaca, tortitas de sardinas, sopa de queso o almíbar de curbasá, con jocote, marañón, mangos y grosellas. ¡Venid a León! A rezar la Vía Sacra, y a recorrer el Lignus Crucis, con la cruz del Cordero. ¡Venid a León! A venerar al Señor de la Reseña de San Felipe. El autor es abogado
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