Por Róger Almanza G.
Sus manos se mueven rápido haciendo señas y figuras en el aire, mientras la maestra imparte matemáticas. Ellos responden a las señas de la profesora que con gesticulaciones y movimientos lentos de sus manos y dedos enseña a los niños. En la esquina del salón otros niños ignoran la clase de matemáticas que se desarrolla y conversan de otras cosas que quien no sabe lenguaje de señas jamás podría comprender. Ríen y se secretean pendientes de que la profesora no los note. En esta escuela los estudiantes son sordos.
Los sonidos que se escapan de sus bocas parecen forzados y uno que otro doloroso, tal cual fuese el resultado de una batalla por conseguir hablar. Las palabras no logran formarse, no nacen, se quedan atrapadas enredadas en sus lenguas, pero consiguen comunicarse.
Tarjetas de colores y formas geométricas están pegadas en la pizarra, las mismas que ellos tienen en las paletas de sus pupitres. A la seña de la maestra los niños levantan la tarjeta indicada. “¡Eso es perfecto!”, dice la profesora, retorciendo sus dedos índices y medios simulando una “P”, al ver que los niños responden. Es muestra de que le están entendiendo.
Son nueve niños los que están en este salón de primer grado y que ya saben distinguir entre un cuadrado y un triángulo, de un rectángulo y un círculo.
Parecen estar más alerta que cualquiera. Tienen que ver para comprender. Todos han nacido sordos, a excepción de dos de ellos que han sido diagnosticados hipoacústicos o personas que no son totalmente sordas.
En esta clase están solamente nueve de los 136 estudiantes que atiende la Escuela Cristiana de Sordos. Una pequeña parte que suma al 20.8 por ciento de sordos que asisten a las escuelas del país, donde se registran 12 mil personas con esta discapacidad, según datos de la Asociación de Sordos de Nicaragua (Ansnic).
Esta escuela tiene más de 13 años de impartir clases a niños con esta discapacidad, los maestros se han convertido en expertos en el lenguaje de señas, incluso de aquellas señas que los mismos chavalos han inventado para mantener sus secretos a salvo.
“Nos esforzamos por cumplir el programa educativo que es el mismo del Ministerio de Educación pero no es nuestro fin culminarlo en tiempo y forma, ya que nuestros estudiantes requieren más tiempo, más dedicación”, comenta la profesora Noritza Figueroa, directora de la escuela.
En este sentido, los nueve niños que hay en primer grado podrán terminar su nivel en dos años.
“Esto pasa porque el primer grado es de los más importantes porque es aquí que los niños empiezan a familiarizarse con el lenguaje de señas y de aquí deben salir con muchas fortalezas”, explica la profesora Figueroa.
No es sencillo
El 2010 fue un año difícil para esta escuela pues no se abrió la matrícula para los estudiantes del quinto año de secundaria y este año tampoco se logró, el sueño de varios adolescentes sordos podría terminar aquí. Y es que si quieren continuar en otra escuela estatal deberían contar con un intérprete que cobra entre 15 y 20 dólares la hora.
A esta escuela asisten estudiantes de León, Masaya, Granada y Jinotega, quienes cada viernes regresan a sus departamentos, cruzando los dedos porque el presupuesto del año alcance para que las clases continúen.
La escuela, ubicada en el kilómetro 10 de la Carretera Vieja a León, también interna a los estudiantes de los departamentos, un costo ya incluido en la colegiatura que no supera los 400 córdobas para secundaria.
“Hemos hecho dos intentos para que el Estado nos adhiera al plan de subvención, pero no lo hemos logrado. Fue en el 2010 que recibimos la única ayuda del Gobierno cuando nos metieron al plan de alimentación escolar, pero solo fue por cuatro meses”, cuenta Figueroa.
Aunque el terreno donde se edificó la escuela fue donado por la congregación cristiana Asambleas de Dios, la escuela como tal mantiene una administración independiente y se mantiene además de los pagos de aranceles, por otras donaciones, sin embargo, el año pasado no cubrieron ni el 50 por ciento del presupuesto anual, lamenta Figueroa quien en conjunto con los maestros, madres y padres de familia organizan actividades para recaudar fondos y poder enfrentar el año escolar.
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