Hasta el día de hoy, el “modelo” de gobierno de Daniel Ortega le está funcionando: demolió las instituciones de la democracia representativa, acabó con la independencia y separación de los poderes del Estado, tiene “acalambrada” a la oposición, el “gran capital” está comiendo en sus manos, tiene su propia Iglesia católica y denominaciones evangélicas cooptadas, la corrupción en las esferas gubernamentales es permitida para beneficiar a los allegados al poder, y no hay castigo.
¡Ser sinvergüenza es un gran negocio en nuestro país!
Ya consolidó los fraudes del 2008 y del 2011 y ya tiene listo el próximo para las elecciones municipales de este año. Mantendrá a sus magistrados que integran el Consejo Supremo Electoral para burla del pueblo nicaragüense.
No hay límites al poder omnímodo de Daniel Ortega.
Lo usará para imponer su concepción del mundo, a su medida y en base a sus antojos. Esto parece no entenderlo ni la clase política ni la burguesía tradicional que no llegó a ser burguesía nacional, tan solo una clase empresarial sin visión ni conciencia de clase, ni de proyecto. Solo el poder económico para reproducir el poder económico, sobre el lomo del pueblo trabajador.
Este pueblo sufrido en el medio de dos grandes arbitrarios: un Gobierno que lo instrumentaliza para la consolidación de su proyecto de dictadura dinástica y una clase empresarial privada, que con honrosas excepciones, se aprovecha al máximo de sus necesidades.
Viola derechos humanos elementales básicos, como el derecho a la manifestación pública y pacífica. Usa fuerzas de choque para agredir a la oposición y nada pasa.
Es como si nos hubieran acallado la conciencia. Como una castración colectiva.
Como que un pacto perverso se ha impuesto entre los poderes fácticos nacionales e internacionales para que esta modalidad, esta camisa de fuerza, se nos imponga como a los loquitos en el kilómetro cinco.
¿No será que estamos locos y no nos hemos percatado?
Estar locos en Nicaragua es pretender que haya libertad en todas sus formas, no solo la de hacer dinero. Es pretender que se respete la voluntad popular. Es pretender que se respete la Ley y que no haya ciudadanos de primera y de segunda.
Es pretender que haya alternabilidad en el poder. Es negarse a que en nombre del desarrollo se nos imponga una nueva dictadura.
Y en este escenario, los supuestos paladines de la democracia terminaron por abandonar a Nicaragua a la buena de Dios, o sea ¡que se jodan los nicas!… Dejar hacer y dejar pasar, menos en aquellos temas sensibles para los intereses geoestratégicos: narcotráfico, migrantes, terrorismo, etc.
¿Democracia? ¿Derechos humanos? ¿Libertades públicas? Muy bien, gracias. Las prioridades son otras.
¿Podremos preguntar a la OEA acerca del estado de la democracia en Nicaragua?
¿Mejor nos olvidamos de exigir la restitución democrática? ¿Mejor colaboramos con el señor presidente por el “bien común” de la nación nicaragüense?
La economía nacional, en mucho gracias a los millonarios recursos del pueblo venezolano, está en la etapa de despegue, y si el Gobierno logra alcanzar niveles de crecimiento arriba del 6 por ciento sostenible, preparémonos para una nueva dictadura, ahora en nombre del desarrollo.
¿Estamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad por un desarrollo material que pisotea aquellos valores por los que miles de patriotas ofrendaron sus vidas?
Creo que no. La lucha por la libertad y la democracia apenas está empezando.
El autor es diputado Socialcristiano del Parlamento Centroamericano.
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