Por Tammy Zoad Mendoza
Sube a un Chevrolet celeste de 1950. Una máquina de cuatro puertas, dos sofás vestidos de cuero negro labrado con gruesas costuras verticales y un radio “moderno” adaptado a la brava. Suena música tropical.
Asoma la cabeza por la ventana. Al avanzar en la pista se yerguen edificios, viejas fábricas y bodegas en la periferia de la ciudad. Luego aparecen los carteles que se vuelven una postal repetida. “Viva la revolución”. “El socialismo es la salvación”. “Hasta la victoria siempre”. El Ché. Camilo Cienfuegos. Fidel Castro. Bienvenido a Cuba.
Aquí el sol calienta los cuerpos y el viento refresca el espíritu. Mujeres van repartiendo con cadencia la hermosura de su raza. Hombres que con su andar natural le coquetean al mundo entero. “¡Candela pura!”
Acaba de entrar a un lugar lleno, encantador y nostálgico. Ciudad multicolor y de sabores, dependiendo quien la deguste o la moneda en la que pague. ¿Yuma o cubano? ¿Peso o C.U.C.?
La Habana muestra su mejor cara en hermosos edificios de arquitectura española, en las curvas del Malecón o en el imponente Capitolio. Seduce con la guaracha, la trova o la salsa que retumban desde los restaurantes o con el sabroso acento del cubano al hablar.
Pero La Habana solo desnuda de la mano de un habanero. Reggaetón cubano a todo volumen, ancianos vendiendo cualquier cosa a las puertas de sus edificios, militares de verde olivo. Las guaguas, alargados autobuses con un acordeón al centro, son un espectáculo curioso. Un señor acaba de abordar con una botellita plástica en la bolsa. Le cuesta mantener el equilibrio y se recuesta en el suave acordeón. Efectos del Ron Mulata. Empieza su monólogo, pero el crujido del mordisco a una manzana lo interrumpe. Parece ofenderlo. Las jóvenes guapas y bien vestidas no se inmutan, siguen mascando la fruta. Él se pone fanfarrón. Se queja de la vida, recuerda viejos productos que incluía la libreta de abastecimiento y reclama. “No coman eso. ¿Cuánto cuesta una manzana? ¿De dónde la sacaron? Guarden para más tarde”.
Ellas ríen. “Por eso Cuba está como está. Yo trabajaba. Yo era feliz, pero ya no tengo nada. ¡Ay mi Cuba!”. Pasa del enojo a la euforia. Al fin se baja y sigue gritando, canta guarachas y va bailando. “¡De pinga!”.
Estamos en un país bloqueado. 50 años desde que el gobierno estadounidense de John F. Kennedy impuso un embargo económico y comercial a Cuba, por apoyar a la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Desde entonces el cubano promedio libra su propia lucha para sobrevivir.
Por eso los centenares de Chevrolet ruedan con motores y repuestos soviéticos o chinos que mecánicos empíricos han adaptado. Se fajan con todo. Ingeniosos, trabajadores, orgullosos. Por eso la mujer que luce fastidiada, usa una máscara más suave para atender a los turistas, pone brillo a su desteñido uniforme con prendas de oro por doquier. Las manos repletas de anillos y revestidas con unas acrílicas bien pintadas y decoradas. Por eso el amigo que nos acompaña viste una camiseta Lacoste, un short de otra marca “americana” y un par de elegantes zapatos. Sombrero y gafas sellan el conjunto. El cubano puede estar jodido, pero bien vestido. “¡Azúca!”.
El bloqueo, la libreta, la multa de hasta 25 años de cárcel por comer carne de res y la obligación de pedir permiso cada día para vivir son cosas que muchos cubanos no entienden, mucho menos un extranjero. Es como ver dos familias que no se hablan, mientras sus hijos juegan a escondidas en el patio. EE. UU. y Cuba. Una relación de odio y amor. Aún con las prohibiciones 400,000 turistas estadounidenses entraron a Cuba en 2011. Los segundos que más viajan a la isla después de los canadienses.
La tarde pinta de sepia La Habana. Un grupo de hombres discute en el centro del parque. El volumen de voz aumenta y van acercándose hasta quedar cara a cara. Hacen ademanes con las manos. El ambiente es tenso. Alguien hace una broma y estallan carcajadas. Todo se relaja. Es solo una de las típicas pláticas de beisbol. Eso y el dominó son las recreaciones del lugar. Agregue Havana Club para ambientar. “¡Oye qué rico!”
Caída la noche todo se pinta de blanco y negro. La vieja Habana, corazón de la ciudad, late solo para los turistas y para los pocos cubanos que pueden gastar unos 2.50 dólares en un trago o más seis en un platillo. Un lujo impensable para la mayoría de trabajadores públicos que ganan alrededor de 20 dólares al mes. Pero cada quien hace lo que puede. Por eso en las plazas y zonas turísticas abundan los grupos musicales, las ferias y los jineteros. Aquí todo se vale. Para conocer, para enamorarse, para migrar y para sobrevivir.
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