Por Róger Almanza G.
Hay quienes piensan que de las cosas que hay que hacer antes de morir, además de hacer esos viajes increíbles a esas tierras maravillosas, está el escribir un libro. Roberto Loáisiga ya lleva tres, y aunque sabe que morirá mañana, no espera ese momento con lástima de dejar este mundo.
Roberto nació en Estelí, esa ciudad norteña donde las fiestas hípicas son a lo grande. Sin embargo, nunca se vio en ese mundo. Él es muralista de profesión y periodista porque tiene el título.
Su pasión por el arte lo ha llevado a destacarse como militante activo de las luchas sociales en Mesoamérica, plasmando su crítica en la pintura y la poesía.
“Podemos adaptarnos a los cambios y no permitir que las situaciones nos derroten. Mientras haya vida podemos hacer todo”, reflexiona Roberto, ahora con su libro en mano.
Lo ha titulado El cáncer a veces es una sinfonía y no se trata que Roberto quiera bailar con el cáncer, sino que no quiere dejar que esta enfermedad baile con él.
Desde hace seis años su diagnóstico fue claro y directo. “No hay nada que hacer”, recuerda que le dijo uno de los médicos de un hospital en España, donde estuvo internado durante dos años en busca de una cura.
Asegura que su libro no es una receta para personas que están enfermas. Se trata de su experiencia.
Sentado no espera la muerte que los médicos le aseguran. Está estudiando un diplomado en facilitador de aprendizaje y en su escritorio ya empieza a concebirse un cuarto libro. Aún no tiene título, pero espera no firmarlo desde el otro lado del charco.
“En este libro solo he dejado fluir lo que siento, lo que creo y lo que quiero sin pretender hacer algún tipo de terapia a nadie que tenga cáncer. El punto está en cómo tomar esta noticia que casi siempre pensamos que a nosotros no nos puede ocurrir”, comenta Roberto. El cáncer a veces es una sinfonía fue lanzado el pasado jueves en la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua.
No era un dolor cualquiera
Un leve dolor en la rodilla era la señal que algo malo estaba por ocurrir en la vida de Roberto Loáisiga. Escondido entre sus huesos, el cáncer crecía lentamente en su tibia derecha. Hasta una mañana cuando el dolor pudo más y Roberto llegó al hospital.
Tenía 31 años y de su natal Estelí se fue a México y luego a Guatemala, una tierra donde experimentó su pasión por el arte y su vocación por enseñar a los demás. En colegios rurales de comunidades guatemaltecas enseñó a niños el arte del muralismo y a los adultos daba talleres de contexto social. “Cualquiera podría pensar que se trataba de un insurrecto”, comenta Roberto entre risas al mismo tiempo que se libera de cualquier bandera política.
Como balde de agua fría
En un hospital de Guatemala, a ocho horas de la comunidad donde habitaba hace seis años, Roberto tuvo su primer diagnóstico. “Un tumor en la tibia cuyas células gigantes son muy agresivas”, fueron las palabras que recuerda Roberto haber escuchado al médico.
“No es lo mismo verla venir que platicar con ella”, confirma Roberto cuando analiza la situación. “Las personas solemos pensar en cómo actuaríamos en ciertas circunstancias, pero cuando estamos pasando por estas situaciones nuestra actitud es distinta y el miedo llega”, dice.
El cáncer que le informaban a Roberto se trataba de un tumor de hueso que generalmente ataca la epífisis de huesos largos como el fémur, la tibia y el radio. Aunque predomina en las mujeres, también aparece en los hombres en edades entre 20 y 40 años.
“Osteoclastoma” retumbó en el oído de Roberto, cuando después de la explicación médica, el doctor le puso nombre a la enfermedad.
Una primera operación realizada en Guatemala le da la esperanza. Semanas después de soportar la dolorosa recuperación, el cáncer se activa nuevamente. Esta vez más agresivo y su pierna empieza a deformarse.
Una cura para el alma
En mayo del 2008 Roberto regresa a Estelí, después de dos años de hospitalización en España.
Su familia lo recibe con ansias y una que otra cara de lástima a las que Roberto rechazó de inmediato.
Entró a su casa apoyado por dos muletas. Había dejado su pierna en España, la que tuvieron que amputar como última medida en busca de la cura y la única forma que le dieran salida del hospital.
“Que más da. Perdí una pierna pero gané dos muletas”, comenta Roberto mientras se burla de la jugada que le hizo el destino.
A España llegó con apoyo de amistades en Guatemala. Después que se le reactivara el cáncer. Bastó 15 días para que Roberto ya contara con boleto aéreo y la confirmación del hospital donde lo atenderían.
La pared al lado de su cama en el hospital parecía una esquina de cualquier rebelde. Banderines revolucionarios y consignas, además de estampas milagrosas y una que otra fotografía acompañaban los días casi interminables de Roberto, los que aprovechaba para escribir.
Había concebido un libro. Al menos en su mente lo tenía listo, pero la pluma de vez en cuando lo traicionaba y primero nació ReflexioNicas que publicó en el 2008.
En su búsqueda por ese libro que pasaba sus hojas en su imaginario, encontró otro que publicó en el 2009, Entresijos del crepúsculo .

“Fueron como pruebas para el que he estado esperando”, comenta Roberto, aquejado por una tos que a veces logra sofocarlo. Su garganta se seca con facilidad y la prótesis de su pierna aún le estorba como el primer día. “Jamás te terminas de acostumbrar a ella”, dice Roberto.
Desahuciado por todos los médicos luego que el cáncer avanzara hasta sus pulmones, Roberto no desperdicia sus días pensando en si mañana morirá.
Hoy con 20 kilogramos menos de su peso y sin el cabello que años atrás era una melena crespa que tocaba sus hombros, ahora casi rapado lo cubre una gorra verde olivo que le da un aire de soldado cansado luego de una batalla.
“Mi regreso a casa con mi familia fue una inyección de ánimo. Todo cambió, mi humor también. Me sentía mejor, aunque los médicos simplemente me daban meses de vida, y lo siguen haciendo”, dice Roberto, que en España en vez de ser un paciente en tratamiento, terminó siendo un número más en una sala que sin cuidado alguno estaba señalada con un letrero a la entrada que decía “desahuciados”, a pocos metros de la morgue.
¿Podés morir tranquilo? era una pregunta casi obligatoria que le debía hacer, y la hice con temor. “Al menos moriré satisfecho. La vida me ha dado lecciones y esta ha sido esencial. Pude hacer, crear, escribir, pintar y actuar como he querido y sentido”, contesta Roberto, quien extrañará sus talleres de muralismo en la escuela popular en Petén, Guatemala y muchas otras en Nicaragua.
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