Las apreciaciones de algunos políticos que manifestaban que el Gobierno no tenía ningún interés en dialogar con el Partido Liberal Independiente (PLI) quedaron despejadas con las declaraciones del jefe de la bancada gobiernista, al anunciar que el diálogo va. Por lo que ahora solo quedan en el tapete las opiniones sobre los beneficios o no de este diálogo, entre el gobierno ilegítimo de Daniel Ortega y el líder de la oposición, Eduardo Montealegre.
A esa avalancha de opiniones diversas se han unido las voces de la Iglesia, políticos con y sin partido, organizaciones de la Sociedad Civil, analistas de todo género, y hace pocos días el Movimiento Renovador Sandinista, quien lo hizo por medio de un comunicado oficial. Todos sin excepción tienen un criterio particular sobre si se debe o no dialogar y sobre lo que se debe dialogar.
Hay un refrán en política que dice: “Si quieres que algo no se haga, se demore o se enrede, encárgaselo a una comisión”. Con esto en mente, personalmente celebro, primero: que el gobierno ilegítimo de Ortega haya aceptado públicamente una vez más su interés en un diálogo con el líder del primer y más grande partido de oposición a su régimen, segundo: que ese diálogo se dé con alguien que hasta la fecha ha demostrado en sus actuaciones ser consecuente con su discurso político y, aunque a algunos no les haga mucha gracia, es también quien logró romper el pacto Alemán-Ortega en las elecciones del 2006 y que el año pasado, junto a don Fabio Gadea y su fórmula obligara a Ortega a cometer el fraude electoral que lo tiene en calidad de presidente ilegítimo en el Gobierno.
Estoy consciente y me imagino que Eduardo y sus asesores también lo están, acerca de la tremenda responsabilidad que pende sobre sus hombros, ya que los ojos de los nicaragüenses y de la comunidad internacional están pendientes de los resultados de ese diálogo. Por ello, considero que todas las sugerencias que puedan hacerse son válidas, pero no acepto que un aliado del PLI lo rechace a priori con criterios que rayan en lo insultativo, olvidándose de que las descalificaciones traen consigo otras descalificaciones.
Mi condición de miembro de la familia de la Resistencia Nicaragüense hace que me repugne más que a otros el ver a Ortega usurpando una posición que le pertenece a don Fabio Gadea. Pero también estoy consciente de que antes de auscultar otras formas de lucha contra el totalitarismo orteguista, debemos agotar todos los cauces cívicos, para que en el futuro podamos obtener los apoyos necesarios en nuestro esfuerzo por recuperar nuestra institucionalidad. Por lo que sería irresponsable de parte de Eduardo Montealegre no sentarse a dialogar para insistirle a Ortega sobre la necesidad que tiene de rectificar y retornar al Estado al cauce de la democracia, ahora que todavía tenemos tiempo. Para finalizar y abonar un poco a la necesidad de que ese diálogo arroje resultados positivos, le recuerdo una vez más a Ortega que su presidencia es hoy tan ilegítima como lo fueron las de la dinastía de los Somoza y que estos también en su momento intentaron cubrirse bajo un ropaje de legalidad que les daba el control total del Gobierno, pero que jamás lograron engañarnos. Por lo que nunca me cansaré de recordarle que seguimos siendo el mismo pueblo, con el mismo clamor, el mismo carácter y nunca renunciaremos al sueño de ser representados por gobernantes legítimos, producto de un sufragio transparente. El autor fue comandante de la Resistencia Nicaragüense y actualmente es miembro del PLI.
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