El pueblo en Siria, al igual que ocurrió en Libia, se rebeló contra décadas de gobierno represivo. Pero un año después, ¿por qué viven en realidades tan distintas?
Hubo un momento durante el levantamiento contra Muammar Gadafi en que los libios miraron con preocupación a las pantallas de televisión. Veían lo que pasaba en Siria después de que ellos mismos hubieran comenzado a rebelarse contra el hombre que los reprimió brutalmente durante décadas.
Aunque comprendían el clamor por la libertad de los sirios, les preocupaba que la atención mundial virara hacia el aplastamiento sangriento de la protesta por el presidente Bashar al Asad. Les preocupaba que su batalla y sus demandas fueran olvidadas y que Siria se convirtiera en una necesidad. ¡Qué equivocados estaban!
- personas murieron ayer en Damasco, como resultado de un doble atentado que fue atribuido a grupos terroristas. Además hubo 140 heridos.
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¿Se debía a que era sencillamente más fácil para el observador exterior solidarizarse con los opositores a Gadafi, un hombre que aparecía ante el mundo como un lunático desaliñado, al contrario que Asad, más afable y comedido?
Sin duda, eso hizo más fácil que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobara la resolución sobre Libia que allanó el camino para la intervención.
FACTORES
Sin embargo, hay que tener en cuenta otros factores más importantes.
En comparación con Siria, el de Libia fue un caso más sencillo de resolver. No había complicaciones sectarias. La mayoría de los libios compartían la misma causa.
En Siria, por contraste, cualquiera que defendiera la intervención militar estaba obligado a tener en cuenta todo lo que salió mal en Irak y la larga y sangrienta guerra civil en el vecino Líbano.
El canciller francés, Alain Juppé, advirtió de la “catastrófica guerra civil” que podría estallar en el caso de que la oposición siria recibiera armas.
Además de eso, hay que considerar las enormes reservas de petróleo libio. ¿Podría Occidente permitirse esperar el inevitable desenlace del levantamiento libio?
Geográfica y políticamente también hay diferencias. La diplomacia en Siria es un campo minado tanto para los opositores al Gobierno como para las potencias occidentales que intentan ayudarles a derrocarlo.
El gobierno de Asad es aliado de Irán y de la milicia libanesa Hizbolá.
En Siria, ¿qué ha pasado con la gente que salió a la calle hace un año para pedir la caída del régimen de Asad y libertades básicas?
Atrás han dejado a unos familiares decididos y a unos manifestantes sin miedo que creen que sus lealtades han quedado expuestas y que también van a morir si caen en las manos del régimen de Asad.
Para ellos y otros que desertaron del ejército para unirse a la oposición, no hay vuelta atrás.
Eso deja a Occidente y al gobierno de Asad en un ciclo aparentemente infinito de incertidumbre sobre qué es lo próximo que deben hacer.
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