Hace cincuenta años Corea del Sur abrió su primera Embajada en Managua. En ese entonces nuestro Producto Interno Bruto per cápita era de 300.00 dólares estadounidenses anuales, mientras que el de Corea llegaba apenas a los $$100.00 (cien dólares por año). Pero Corea pasó de la pobreza a una prosperidad admirable, a una velocidad vertiginosa.
Según Andrés Oppenheimer (en su obra Basta de historias ) tal salto de calidad y cuantitativo se debió a que apostaron de lleno a la educación. En 1965 el PIB per cápita de Argentina era más de diez veces mayor que el de Corea del Sur, el de Venezuela también diez veces mayor y el de México cinco veces mayor. Hoy los términos se han invertido: Corea del Sur tiene un Producto Bruto Interno per cápita de 22,167 dólares por año, casi el doble que el de México y Argentina y el doble que el de Venezuela. ¿Qué pasó? Los caminos se bifurcaron: los países latinoamericanos se dedicaron a vender materias primas como el petróleo o productos agrícolas, Corea del Sur al igual que China y la India se dedicó a invertir en la educación de la gente para crear productos cada vez más sofisticados, y venderlos en los mercados más grandes del mundo.
La realidad contemporánea demanda más economía del conocimiento que yacimientos de oro, petróleo o bosques maderables ya que aunque necesarios, poco a poco van siendo sustituidos por la tecnología y la ciencia. Demanda también estabilidad jurídica y política, Estados de Derecho respetuosos de la democracia representativa, participativa pero con alternabilidad en el poder.
Demanda consensos con los sectores más importantes de una nación, no solo el “gran capital” sino con los trabajadores organizados. Consensos más que garrote. Diálogo más que agresión. Transparencia más que corrupción pues mientras la sociedad vea cómo se destruye el sistema de control del gasto público prohijando la corrupción, menos voluntad nacional habrá para sacrificarse en aras de un proyecto de nación.
Cuando en una nación hay ciudadanos de primera y de segunda y una banda se sitúa por encima de la ley, lo que germina no es la paz social.
Los países más ricos son los de economías más abiertas y competitivas y que han escogido el mercado a la planificación y al centralismo estatal, poseen las menores protecciones arancelarias y comercian intensamente con todos los países con que pueden hacerlo, independientemente de las ideologías. En el otro extremo, los países más pobres como Corea del Norte, convertida en un peón armado atómicamente, en el ajedrez de las superpotencias militares, pero sin capacidad de alimentar a su propio pueblo, y Cuba cuyo liderazgo autoritario y autocrático, viene a descubrir después de más de medio siglo, que son un “modelo” fracasado, son ejemplos de que los que optaron por la autarquía, el estatismo y las restricciones al comercio internacional son los que menos progresaron y —paradójicamente— los que más temen al progreso.
Con 49.6 millones de habitantes en una extensión geográfica de 100,140 km 2, menor que la nuestra, Corea del Sur se abrió al mercado y tiene hoy un comercio internacional de más de un billón de dólares y unas reservas internacionales de 306,400 millones de dólares. Las de Nicaragua son menores a 2,000 millones de dólares americanos y corren el riesgo de ser destinadas a proyectos inciertos. Obviamente no hay países que se puedan clonar pero debemos buscar las claves fundamentales que han permitido a naciones como Corea del Sur alcanzar esos indicadores impresionantes.
El autor es diputado al Parlamento Centroamericano.
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