Una buena nueva nos llega de Cuba, Raúl Castro ha descubierto con estupor y “vergüenza” que el Partido Comunista cubano no había preparado una generación de relevo, y que el Estado y el partido seguían dominados por la vieja guardia. Casi simultáneamente Bosco Castillo, coordinador de la Juventud Sandinista, anunciaba que habían escogido “renunciar y no optar a ningún cargo ni a ninguna candidatura en el marco de las elecciones municipales”.
Qué extraño, me pregunté, la dirigencia cubana por fin descubrió que la muerte, algún día, tocaría sus puertas y que tendrían que buscar relevos, a pesar de su disgusto. Igualmente, los jóvenes que se autodefinen sandinistas parecen comprender que no deben aspirar y mucho menos optar a un puesto de elección popular, hasta que sus dirigentes descubran, ya a un paso de la muerte, que necesitan ser remplazados.
En el otro espectro ideológico, muy revelador para mí, fue una conversación que sostuve hace más de un año con Arnoldo Alemán. Él me manifestó, con gran tristeza, que los hijos de sus correligionarios más cercanos preferían su desarrollo personal que involucrarse políticamente. Algo similar me ocurrió con Eduardo Montealegre, cuando le solicité que si podía enviarme a un joven de su partido a un debate ideológico con otras fuerzas, me dijo: “No tengo a nadie”, e inmediatamente se autorrespondió “Eso muestra lo mal que estamos”.
Desde joven siempre creí que era mi obligación opinar y discutir sobre las cosas en que creo y que he ido construyendo a través de múltiples vivencias, lecturas y desencantos. En otras palabras, no intercambio ideas para agradar, sino para descubrir la verdad, que normalmente, por ser verdad, no es muy atractiva.
Por eso, cuando escucho a jóvenes que se acomodan a sus mentores y que permanecen bajo su alero esperando su turno para actuar, me embarga una profunda decepción. Jóvenes que una vez junto al poder comienzan a desarrollar las ya trilladas justificaciones. Todo lo que antes se criticaba comienza a tener sentido por sus propios intereses.
Esto me confirma una de las reflexiones más importantes de Weber que leí en mis años de exilio: “El idealismo político totalmente desinteresado y exento de miras materiales es propio principalmente, si no exclusivamente, de aquellos sectores que, como consecuencia de su falta de bienes, no tienen interés alguno en el mantenimiento del orden económico de una determinada sociedad”.
Parece que en la Nicaragua de hoy los jóvenes que apoyan al Gobierno no aspirarán hasta que sus mayores no hayan satisfecho sus deseos de construir la sociedad de sus sueños, donde solo ellos prosperan. Cruzando la acera, los jóvenes no quieren involucrarse en la sucia y decadente política y prefieren construir sus sueños que, en muchos casos, tienen sentido por la indecente política.
En efecto, uno de los dilemas de varias generaciones de jóvenes es que han tenido todo y no se han preocupado por cambiar el estado de cosas que nos lacera y avergüenza. Igualmente, muchos de los que no han tenido nada, solo han aspirado a obtener o arrebatar lo que han envidiado siempre, de los que han tenido todo.
Creo que la explicación a estos fenómenos de sumisión están aclarados acertadamente por Erich Fromm, cuando dice: “El efecto paralizador del poder no depende solamente del temor que origina, sino igualmente de una promesa implícita, la promesa de que aquellos que están en posesión del poder puedan proteger y hacerse cargo del débil que se somete a él”. El autor es politólogo
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