Por: Róger Almanza G.
Su piel delata los años. Cada arruga como les ha dicho a las mujeres de su casta es parte de experiencia, mucha alegría y algunas tristezas. La mayor parte del día reposa en una habitación de paredes limpias, como recién pintadas de color beige. Un aroma a lavanda y el aire acondicionado a 20 grados centígrados de temperatura, le brindan la comodidad que una anciana de 110 años merece. La más longeva de Nicaragua.
Una colcha cubre su menudo cuerpo hasta la cintura, dejando descubiertas sus manos y su rostro marcado ahora de piel marchita. Su cabello blanco es como de algodón, invita a las caricias de esas pequeñas trenzas hechas de finas hebras.
Sus ojos dejaron de ver hace un año, pero el brillo que reflejan transmite paz, ternura y amor. Aunque no ve, sabe cuando está acompañada.
Su acta de nacimiento registra un 18 de febrero de 1902 en Potosí, Rivas. Su madre, doña Evelinda Baltodano fue modista de profesión y su padre Francisco Saldaña uno de los zapateros más reconocidos de la ciudad de León. Ella, la segunda de dos hijas, fue bautizada con el nombre de María Josefina, pero hoy todos la llaman Pinita.
UNA “VIEJITA” EN CASA

Es la matriarca de cinco generaciones. A su historia se suman tres partos, su hijo mayor Luis que murió a la edad de 82 años, doña Norma que acumula 76 primaveras y el menor, Sergio de 74 años.
La familia sigue creciendo, la tercera generación suma 15 nietos, le siguen 39 bisnietos y la última generación ya son 7 tataranietos.
Para todos es la “viejita” de la casa. “Es como una bebé, contar con una persona tan anciana en tu hogar solo puede inspirar amor, ternura y mucho cariño para cuidarla”, dice doña Norma, quien siempre está a su lado y junto con una de las nietas y en otras ocasiones con una bisnieta, atienden a la Pinita, que a las 11 de la mañana recibe su baño. La peinan y perfuman, la visten y la sientan en una silla para que disfrute de la mañana.
Pinita goza cuando le hablan mientras siente que la mañana transcurre a paso lento y le da tiempo de cantar su canción favorita: “El almendro de’onde la Tere”, de Carlos Mejía Godoy.
Hoy su cuerpo está más delgado que hace un año. Ha dejado de comer como antes. Solo toma sopas y jugos, entre ellos su infaltable tibio. “Es la edad”, admite su hija Norma, mientras el médico de cabecera asegura que su salud está óptima: buen corazón, excelentes pulmones y presión normal. Situación envidiable para muchos con cincuenta años menos. Tanto así, que en el Centro de Biología Molecular de la Universidad Centroamericana (UCA) han tomado muestras de su ADN para descubrir el “secreto” que le da tanta salud a más de un siglo de vida.
La respuesta aún no la saben. Sin embargo en unas semanas podrían descubrir qué tiene la herencia genética de Pinita que le permite vivir a sus 110 años en relativa normalidad. Norma espera los resultados finales, mientras el médico de Pinita le ha adelantado que “hay algo especial en el cerebro de Pinita. Podría ser el secreto de su longevidad”, comenta Norma, según le ha dicho el médico.
Pero Pinita no se inquieta. “No hay tal secreto, solo es cuestión de comer bien, no dejar nuestro maíz”, le contesta Pinita al médico cuando la llega a chequear y lo ve sorprendido de que esté bien de salud.
UNA MUJER INCANSABLE

Pinita trabajó en el Hospital Asunción de Juigalpa, donde ayudó a diseñar la sala de operación y de labor y parto. Norma, la hija, tenía tres años en esa época y recuerda que su madre era una mujer importante en esa ciudad. Fueron 12 años en Juigalpa cuando por cuestionamientos políticos entre conservadores y liberales la obligaron a renunciar. Su nuevo hogar lo encontraría en Villa Sandino.
Comenzaban los años 50 y Pinita llegó a Villa Sandino y de inmediato fue reconocida como la doctora del pueblo. Su profesión de partera la ubicaba en una buena posición. “Siempre que una mujer se podría complicar la enviaba al médico a lo inmediato. Jamás fui irresponsable con la vida de alguna embarazada”, asegura Pinita en esas noches de historias que solía compartir con su familia porque ahora ya casi no habla.
En Villa Sandino se alió con una amiga, Juanita Bravo. Juntas apoyaron a la Iglesia católica del pueblo y animaron a realizar la primera celebración de la Semana Santa.
Durante los 15 años que vivió en este pueblo ayudó a la formación de enfermeras empíricas y su nombre ha quedado en el recuerdo de muchos abuelos y abuelas del lugar.
Se formó como enfermera empírica y fue especialista en anestesia y partos. No llevó la cuenta de cuántos partos atendió, pero fueron centenas. Norma recuerda que la llamaban de muchos lugares a veces a diario. “Sus manos fueron cuna de miles de niños que ayudó a traer al mundo”, dice.
QUISO SER MONJA
El divorcio de sus padres la obligó a retirarse de la escuela cuando culminaba su sexto grado de primaria, de esa fecha en adelante acompañaría y ayudaría a su madre en el negocio de costura, pero sus visión iba más allá, nunca soñó verse entre telas, agujas y una máquina de coser. “Era difícil ser mujer en esos tiempos”, le ha contado Pinita a su hija Norma.

Su vida daría un giro a sus 14 años cuando decidió irse con un grupo de monjas a trabajar en el Hospital de Masaya, su madre estuvo de acuerdo. Con el tiempo su amor por ayudar al prójimo se hacía más grande y entre hospitales y clases directas con los médicos, Pinita empezaba su tarea de enfermera. “No logré profesionalizarme porque una hija de padres separados no era aceptada ni bien vista”, ha anotado en sus memorias que heredó a su hija.
Las monjas la llevaron hasta México para prepararse y tomar el hábito, pero una extraña enfermedad detuvo a las monjas en su decisión de convertir a Josefina en una hermana más. De los siete años que vivió en México recuerda el frío y la pobreza que fortaleció su pasión para ayudar a los enfermos.
Hoy, los rayos del sol cruzan la cuadrada ventana de su cuarto, iluminando todo el espacio. La luz reposa en su cuerpo y ella lo disfruta. Sus ojos despiertan y sonríe cuando una pregunta le es hecha. ¿Qué ha sido lo más triste que ha pasado en su vida? Ella contesta que fue el día que su marido la dejó. “Me quedé sola con mis tres hijos, a los treinta y pico de años, y luché y lo logré”, cuenta Pinita.
Su familia, que le festeja cada cumpleaños a lo grande, vive feliz al reconocer en Pinita la imagen del verdadero amor. “Sé que un día será su último día aquí con nosotros, no es algo que me angustie, pero por supuesto que me pondré triste cuando tengamos que despedirnos de ella. Tuvo una vida respetable y fue una mujer luchadora. Su enseñanza de amor y unidad familiar es su mayor herencia”, asegura Norma.
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