Tammy Zoad Mendoza. Periodista
Huele a heno, a estiércol y a tierra mojada. El sitio es grande, hace sombra y sopla el viento. Aquí estamos, blancas las dos. Ella hermosa e imponente, yo muchísimo más delgada paso casi inadvertida en el lugar. Nos vemos por primera vez y quizá por última. Parece que me contara su vida a través de esos redondos y saltones ojos negros. Tiene la mirada profunda, brillante y tierna, siempre lo que he creído. Me dan ganas de acercarme, acariciarla, abrazarla. ¡Qué tonta! ¡Qué mala! He venido a ver como muere.
Luego de verlas pastar tranquilas o acercarme a ellas en fincas o ferias, he desarrollado un raro “cariño” hacia esta especie animal, pero a la hora de comer puedo ordenar sin problemas una sopa de res, lengua en salsa o un corazón asado. Es mi relación amor-muerte con las vacas.
Huele a sangre. Estoy en la sala de sacrificio . 135 personas descuerando, eviscerando, cortando.
Miguel Espino, de 43 años, es uno de ellos. Moreno, bajito y de brazos fuertes. Los necesita para manipular la máquina con la que desprende el cuero de la res para dejar sus carnes desnudas y listas para desmembrarse.
Tiene 10 años de trabajar para el Nuevo Carnic S. A. Luego de armar camas llegó a trabajar a este matadero, una de las cuatro plantas industriales del país. “Cuando empezás un trabajo así, claro que te da como pesar, porque es un animalito que no te está haciendo nada, pero la gente tiene que comer, uno tiene que ganarse el pan de cada día”, dice Espino con su cara de buena gente y una sonrisa de pena coronada con bigotes oscuros. “Lo que se trata es que el animal no sufra, que sea una muerte rápida. Es un trabajo como cualquiera”. Una sala llena de gente, máquinas y reces colgadas de sus patas traseras. Muerte y sangre en un lugar espacioso, frío y de paredes blancas.
Huele a carne. Estoy en el deshuesadero. Hombres y mujeres vestidos de blanco, botas, gorros y mascarillas. Todo está dispuesto con una pulcritud que impresiona. Una melodía suave de fondo y esto sería la sala de una orquesta mortal. Cada uno con un garfio en la mano izquierda y un filoso cuchillo la derecha. Cuando tienen una nueva pieza enfrente lanzan el primer zarpazo y van desmenuzando cada cuerpo. ¡Zas, zas, zas! Lomo, posta, filete. Alrededor de 300 mil libras de carne salen de aquí a diario.
En el siguiente cuarto hace un frío endemoniado. El hombre que viste como esquimal lo sabe mejor que yo. Trabaja aquí empacando la carne en cajas que luego sellan para trasladarla a los camiones, luego a los aviones y días más tarde este trozo de carne podrá deleitar el paladar de alguien en Venezuela, El Salvador, Estados Unidos o Taiwán.
Sería hipócrita decir que no probaré nunca más de su carne después de esto, pero definitivamente pasará un buen tiempo para que deje de experimentar esa rara sensación de pesar a un animal que me parece tan tierno, tan bonito, tan noble.
Huele a miedo. Pero ahora soy yo la que emana esa sensación que mi cabeza logra convertir en olor. Yo lo siento, en lugar de ellas.
Camino al lado del galillo de madera por el que avanzan una tras otra. Al llegar al final del túnel la puerta se abre, pero solo una puede entrar. Don Jorge Ocón, de 54 años, la hace pasar.
De los 27 años de trabajar, 17 ha estado en matanza. “Ya no siento nada, es un trabajo normal… no se puede venir aquí sintiendo lástima por el animal”, cuenta mientras abre el portón y hace pasar a otra res. Han muerto más de cinco y no han pasado 10 minutos. En un día normal puede matar unas 800 reces. Es un hombre ocupado y centrado en el trabajo, lo hace de manera mecánica.
Toma la pistola hidráulica y cuando el animal se ha puesto cómodo en el estrecho lugar… ¡PLAS! Un fortísimo y certero golpe en la frente lo hace caer. Está muerto y si no, pronto lo estará. Se abre otra puerta. El cuerpo del animal resbala hacia el otro lado y se hace el corte mortal. Degüellan, cuelgan y cortan.
¡Plas¡ ¡Plas¡ ¡Plas¡ Ocón sigue trabajando. Es hora de almuerzo y no huelo nada… me duele la cabeza.
Huele a hierba. Pero el olor se disipa a medida que vamos entrando al camión. Una tras otra. La tranquilidad y buena vida en los pastizales se aleja a medida que avanzamos en la carretera, solo veo pasar manchitas a través de las rendijas. Son las que se quedan, están comiendo, reposando, paseándose por los campos. Me extraña un poco este viaje, pero no me preocupo. Como vaca , ¿qué me podría pasar de extraordinario hoy?


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