“En los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos”. La frase anterior no es un parlamento del Güegüense, tampoco es del también genial Cantinflas. Se atribuye a Heráclito de Éfeso, reconocido filósofo de la antigüedad grecorromana y es interpretada como una afirmación de que la realidad es tan dinámica que nunca es la misma, al igual que la persona que intenta conocerla. Como un mortal común, yo la entiendo como que una misma cosa será interpretada con matices distintos por las diferentes personas, según sea la perspectiva de cada quien en un determinado momento de su vida. Y eso para los acontecimientos que están ocurriendo en el instante presente.
¿Qué ocurre con los hechos pasados? Una contemporánea corriente metodológica en la investigación histórica postula que un acontecimiento, un suceso, adquiere significado desde las relaciones de los protagonistas y de sus observadores, por tanto tendrá diferentes interpretaciones al ser narrado por distintos investigadores. Porque la historia, aun con documentos oficiales, se narra, ya que un documento a fin de cuentas viene a ser la versión escrita de quien lo redacta, y lo mismo vale para la fotografía y los vídeos, porque siempre hay alguien que selecciona un enfoque de la imagen. La psicología también postula que los hechos adquieren sentido a partir de la personalidad de cada individuo y de sus relaciones con el mundo exterior.
Si aplico los anteriores conceptos a tratar de entender los mensajes del Güegüense, me parece que cualquiera que pretenda lograr una traducción y una interpretación “definitiva” será muy pretencioso y poco realista. Podrán los investigadores avanzar en aproximaciones y propuestas, pero lograr una versión “correcta” de una obra escrita en un español arcaico de una desaparecida sociedad colonial, combinado con un náhuatl modificado por siglos de extinciones de sus hablantes y de la cultura que le daba sustento, será una tarea permanente de los presentes y futuros estudiosos.
Nuestro Güegüense es un relato de autor anónimo, se discute si del siglo XVII o XVIII, transmitido verbalmente por lo menos durante dos siglos, de generación a generación, fijado manuscritamente en texto, el primero conocido es el del doctor Juan Eligio de la Rocha (primer gramático e indigenista de Nicaragua), texto que fue difundido por el estadounidense Daniel Briton al mundo académico internacional (siglo XIX). Hoy se conocen tres manuscritos.
¿Cómo interpretar su sentido en el siglo XXI? La literalidad de los textos no parece ser lo más apropiado, especialmente cuando están escritos en un dialecto extinto, cuyo sentido hoy apenas se vislumbra al igual que el contexto en que se representaba. Los trabajos de acuciosos investigadores como Mántica, Arellano, Dávila Bolaños, Blandón, Correols, son magníficos aportes para aproximarnos a descifrar el lenguaje y los mensajes de la obra. Pero veamos, ellos buscando hacerla comprensible al lector moderno y fundamentar sus hipótesis interpretativas han hecho adecuaciones del lenguaje, combinando las diferentes versiones escritas, reordenando el orden de los parlamentos, introduciendo nuevos personajes. Como resultado, encontramos imágenes presentándolo desde un Gran Sinvergüenza hasta un Conspirador Subversivo.
Como ha dicho Arellano, “El Güegüense es opinable”, y lo es especialmente porque al día de hoy es una obra colectiva que está reflejando la vivencia y el alma del pueblo nicaragüense; como muchos, pienso que probablemente tuvo un creador original, pero que a lo largo de siglos de representaciones orales populares habrá ido incorporando alientos del espíritu de cada época. Si sus intérpretes letrados le hacen hoy adaptaciones didácticas y teatrales; ¿qué no podrá haber ocurrido en las plazas de los pueblos?
Queramos o no, el Güegüense es un personaje que se ha convertido en arquetipo del ser nicaragüense y en un referente de nuestra identidad. Hay rotondas, restaurantes, empresas, sitios web, restaurantes, radioemisoras con su nombre.
Por ello propongo que dejemos de autoflagelarnos, encontremos en nuestro propio interior la fortaleza para construir un ser nicaragüense, respetuoso de nuestras diversidades, que nos permita salir adelante como pueblo y una lectura del Güegüense, desde sus dimensiones constructivas puede ayudarnos a lograrlo. Para mí lo que el protagonista realiza, utilizando el recurso de la caricatura y el humor, es una crítica a un sistema injusto. Llama en su metamensaje a la transformación de esa realidad. El autor es sociólogo
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