En la lucha de los pueblos del mundo por su libertad y su democracia hay ciclos, avances, retrocesos; tesis y antítesis, regresiones y progresiones que dan cuenta de la eterna batalla de los seres humanos por conseguir la plena vigencia del respeto a sus derechos individuales. Nuestro país no se escapa de esa dialéctica con sus propias características, aquí no es una batalla lineal si no helicoidal-torcida provocada por la influencia nefasta de manipuladores perversos, que han puesto sus intereses por encima de los generales, del bien común, al que usan para ocultar el enriquecimiento ilícito, la perversidad en el uso del poder público. Ahora el “bien común” es un cliché alejado de la concepción tomista primigenia, que se basa en el imperativo ético de poner a la comunidad por sobre la individualidad, la nación por sobre el partido político.
En esa pelea entre “clientes” proclives a la dictadura y ciudadanos que exigimos modernización, van quedando evidenciados —como en un campo de batalla— quién representa qué. Los que se suman al proyecto dictatorial de Daniel Ortega se justifican en conceptos como la gobernabilidad, la estabilidad, el desarrollo y otros en el canto de sirena de que esta es la continuación de la revolución traicionada de los años ochenta.
Mientras tanto se consolida un régimen anormal que viola todo, que no respeta nada, que usa la ley como el fascismo para perseguir a quienes no están de acuerdo con sus prácticas.
La buena noticia es que este tipo de gobiernos son de vida corta: llegan, saquean y se van. Y vuelve la faena de los patriotas por recuperar su República. En esa etapa nos encontramos.
En este titubeo de luz y esperanzas o cavernas y grilletes aunque sean de nuevo estilo, los pueblos son como saetas imparables en la consecución de sus sueños: aunque nos estén queriendo vender la mentira como verdad, aunque se inventen “iglesias” y falsos ídolos, el advenimiento de una época de libertad plena, de democracia y de justicia para todos llegará. Nada detiene el avance inexorable del progreso en libertad.
La democracia secuestrada y prostituida por las camarillas que adulteran la voluntad popular, se recuperará y de una vez para siempre este pueblo engañado y tantas veces traicionado accederá a que los sueños de tantos héroes y mártires se hagan realidad.
Nicaragua no se quedará como estatua de sal viendo hacia atrás, hacia la dictadura y la negación de asuntos tan elementales como sufragar para cambiar. Como movilizarse para protestar, tan triviales como acceder a la información pública, tan urgentes como la rendición de cuentas en el segundo país más pobre del continente.
Se ha consolidado la naturaleza despótica de este régimen que nos tiene divididos entre ciudadanos de primera y segunda categorías. Entre los que tenemos que andar con cuidado y los protegidos.
No es eso lo que queremos.
Queremos libertad y democracia como condiciones indispensables para la convivencia pacífica y el desarrollo equitativo. No una nación dividida entre los que profesan una lealtad perruna al fuhrer y a sus símbolos. No una nación dividida entre los del partido y los otros.
Una oposición unida, fuerte y vigorosa, en acción conjunta con la sociedad civil podrá detener al dictador.
De nosotros depende.
El autor es diputado al Parlacén.
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