Ernesto J. Marín

Funerales solemnes

En esta tierra, mi país, donde los sobresaltos, los contrastes y los accidentes forman parte del acontecer diario en el caminar de los senderos políticos, y ahora con esta serenidad artificial e imprecisa interrumpida por los desmanes partidarios de algunos que se olvidaron que la lucha electoral es un capítulo pasado, donde esos colores que por más de dos siglos, el rojo y el verde, emblemas presentes de antaño, herederos de timbucos y calandracas, un conservador verde y su divisa de tradición y honradez, mostachos engomados, anteojos colgados de la nariz, brillantes leontinas que surgían de los chalecos eduardianos en el época victoriana, estampas que adornaban los ambientes del siglo XIX, los del sello de los “tiempones“, los treinta años del poder conservador y el respetado orden de la alternabilidad del mismo. Pero eso es ya historia pasada.

Ahora enfocaremos la otra cara de estos gemelos del destino el rojo sin mancha como decían las tarjetas de presentación. El general José Santos Zelaya fue hombre único para su tiempo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Un europeo de cultura, pensamientos y costumbres, de nuevos aires, bocanadas de aire fresco, la civilizada Europa, Francia e Inglaterra, asimiladas al pensamiento criollo. Con él comenzó el liberalismo moderno de nuestro tiempo, sembró la primera semilla, 16 años en la presidencia, se opuso al intervencionismo de Estados Unidos e Inglaterra. Auténtico reformador, modernizando el aparato del Estado. Autócrata convencido con un nacionalismo a ultranza. Desde Managua concedió privilegios a familias prominentes de Granada y León. Asegurándose el control de su poder y juego político que le permitió vigilar con rigor a todos sus adversarios que no eran pocos. Nunca pudo sustraerse de la aplastante influencia americana, un tiranosaurio del norte llamado Departamento de Estado. El diáfano nacionalismo de Zelaya fue fulminado por la expansión imperial de Washington y la famosa nota Knox. Su mesianismo escatológico funcionó hasta el último momento, como nos lo dice cerebralmente J. E. Arellano.

Hoy en día los orgullosos conservadores y los soñadores liberales han caído de un pedestal débilmente erigido y pobremente resistente, ya no existen los de casi dos siglos de quehacer político desde antes de la independencia. Solo prevalece un tímido PLI que camina bajo el inclaudicable espíritu del doctor Godoy y el eterno enamorado de nuestra Nicaragua, don Fabio Gadea Mantilla, la inteligente habilidad del lúcido político Eduardo Montealegre y los sacudiones enérgicos de mi amigo Eliseo Núñez Morales.

Estamos asistiendo a los solemnes funerales del partido verde y del rojo sin mancha. Es un duelo histórico, no lo negamos. Oímos las notas de la marcha fúnebre de Beethoven, en el segundo movimiento de la sinfonía número 3, la inmortal Heroica .

Sin olvidar que en política no se tolera los errores ni las debilidades de nadie, cuando eso sucede el desenlace es siempre el mismo uno, subyace bajo tierra y el vencedor encima de ella rodeado de todo el oxígeno que necesite. El Presidente y comandante lo sabe muy bien, ¿cómo no lo va a saber? Si él es el arquitecto de este rompecabezas tropical, que me hace recordar el último grito en el Coliseo romano, el de los gladiadores. Los que van a morir te saludan. El autor es diplomático retirado.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí