Por Amalia Morales
III parte
A las seis de la mañana de un viernes que parece sábado, Idalia Urtecho y su amiga Ana escapan de Managua y se van al río San Juan por la carretera recién estrenada Acoyapa-San Carlos. Al cabo de cuatro horas y media llegan al pueblo que está en la esquina del lago Cocibolca y al comienzo del río, y dos horas más tarde, tras un almuerzo de sandwiches, suben a una panga y salen para El Castillo.
“Tenía curiosidad por conocer y quería cambiar de aire, salir de aquel encierro de Managua”, dice Urtecho, una mujer que sobrepasa los cincuenta años y que trabaja en oficinas.
Puestas en El Castillo, se alojan en un hostal, y suben a la fortaleza que defendió Rafaela Herrera. En la noche cenan en otro local, al día siguiente desayunan en el hostal, y hacia mediodía emprenden el retorno en panga. Urtecho vuelve contenta por lo que ha visto y respirado. Tanto aire y naturaleza exhibiéndose desde las márgenes del río, la refrescaron.
Lo único que le preocupó un poco fue la sobrecarga de pasajeros de la panga. Durante el trayecto de dos horas estuvo pendiente de los movimientos, y del agua que se metía por una pequeña hendija. La panga iba al tope de turistas. Cuando se detuvo en Sábalos no hubo asientos para sentar a nadie más.
Esta época es temporada alta para el turismo en río San Juan. “Desde noviembre hasta abril viene gente”, comenta la propietaria de un hotel campestre que un fin de semana llena sus habitaciones con franceses y nicaragüenses.
PELEAS ATRACTIVAS
No pasa lo mismo en San Juan de Nicaragua, el último pueblo del río, el caserío que asoma por un brazo del río Indio que recorre la reserva Indio Maíz. Allí hay turistas, pero no tantos.
Pero se disparó la cantidad de nacionales que van al río. “Ha sido increíble, podríamos decir que en más de un 200 por ciento”, dice Henry Sandino, presidente de la Cámara de Turismo (Cantur) de Río San Juan. Sandino dice que la carretera ha sido clave para la llegada masiva de nacionales que quieren conocer el río San Juan y Solentiname.
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Misael Morales, alcalde de San Juan de Nicaragua.
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Los dueños de hoteles no se quejan sí, porque las pangas, como fieles compinches, siempre les traen gente. Pero tampoco se quejan porque en estos días, las obras del dragado y del aeropuerto les han traído clientes por unos meses. “Está bastante regular”, dice don Lolo, un exconcejal ahora metido en un restaurante.
Las peleas con Costa Rica —primero la refriega por Harbour Head cuando empezó el dragado y ahora el tema de la carretera—, se han vuelto un atractivo para la zona. Así lo cree el alcalde de San Juan de Nicaragua, Misael Morales.
“Estos problemas han ayudado de manera indirecta… están viniendo nacionales porque quieren conocer el conflicto, están viniendo extranjeros porque quieren saber qué es Harbour Head, porque quieren ver lo de la carretera”, dice sonriente Morales.
Aunque nadie ofrece datos de cuántos turistas llegaron en el último año, los turistas fluyen por las márgenes. Una panga lleva a una pareja de gringos que al otro día se internan en la reserva Indio Maíz, y al otro suben hasta El Castillo. Otra panga sube a otra pareja en Bartola y los deposita al pie de la fortaleza, donde a cualquier hora otras embarcaciones desembuchan “más cheles”, como dice Urtecho, pero también nacionales como ella.
El alcalde de San Juan cree que el dragado, el aeropuerto y el puente traerán desarrollo a la zona que todavía pasa apuros con el agua, y que no ha podido alumbrar ni dotar de suficiente escuelas a las comunidades ribereñas como El Jobo, donde los padres de familia están pensando si llegará maestro o no para atender el aula multigrado de la comunidad.
LA CARRETERA Y EL TURISMO
Para gente como don Lolo, la misma carretera tica puede terminar acarreando más turistas a la zona, aunque la mayoría de la gente opina que desde Harbour Head, los ticos se perdieron del mapa de San Juan. Ellos, que hacían arribadas masivas como las tortugas y desovaban mercadería en este último pueblo del río, dejaron de ir desde que Edén Pastora ancló las dragas.
Ahora, la comida y los artículos de primera necesidad llegan con sobreprecios desde San Carlos. Un tarro de café instantáneo que en Managua cuesta 32 córdobas allá se compra por 45 y una botella de agua en 20 en córdobas. Algunos cuentan que cuando venían del país vecino, eran más caros todavía. Además, había una confusión con córdobas, colones y dólares. Ahora, se vende y compra en moneda nacional en la mayoría de los negocios ubicados en el bulevar de San Juan, la calle peatonal más ancha de todas las que hay en el pueblo, donde se localizan las comiderías más económicas y pulperías más surtidas del pueblo.
En la avenida hay palmeras y bancas que en las tardes se ocupan de muchachos en short que regresan en las tardes de pescar o de cuidar alguna huerta. El resto del pueblo se comunica a través de andenes. Morales dice que ha construido alrededor de 4,000 metros de andenes en este pueblo donde no circulan carros —ni motocicleta por decreto municipal—, donde lo mejor es andarlo a pie, mientras se respira el aire limpio que llega de la reserva y se captura la risa de algún niño. San Juan sabe que más turismo irá llegando, y se prepara para eso.


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