Que haya mucha corrupción en Nicaragua no es noticia. Pero que de acuerdo a Transparencia Internacional estemos entre los peores del mundo quizás lo sea. De acuerdo con esta agencia en Latinoamérica solo nos gana Venezuela y en Centroamérica nadie; otro deshonor que debe hacernos reflexionar para buscarle remedio.
La corrupción es un verdadero cáncer social; una enfermedad gravísima que destruye la justicia, ahuyenta el progreso y sume al pueblo en la miseria moral y material. Cuando se entroniza la sociedad regresa a la ley de selva, donde no triunfa ni prospera quien lo merece sino el que tiene más medios para imponerse y menos escrúpulos para usarlos: el poderoso, el “vivo”, el bien conectado.
El predominio de la trampa, la mentira y el ocultamiento, que son concomitantes de esta enfermedad, destruye la confianza y hace que cunda el cinismo. Tarde o temprano destruye también la felicidad y la paz. Por el contrario, cuando en una sociedad brilla la honestidad, la confianza interpersonal aumenta junto con la prosperidad y la paz. No es coincidencia que las sociedades con mejores niveles éticos suelan distinguirse por su progreso y tranquilidad. Chile es el país menos corrupto de Latinoamérica y Costa Rica el de Centroamérica, y ambos son envidia de sus vecinos.
Corrupción y tolerancia a la inmoralidad van juntas. En Estados Unidos, el precandidato republicano Cain tuvo que salir recientemente de la lid tras ser acusado de acoso sexual por tres mujeres. En Nicaragua nuestro presidente fue acusado de violación por su hija adoptiva y no sufrió mayores consecuencias. El problema es viejo. Pablo Levy, el viajero francés que describió magistralmente la Nicaragua de la segunda mitad del siglo XIX, comentaba: “La opinión pública habla un momento y aún critica; pero olvida pronto, y por cierto no estigmatiza. Se ve en Nicaragua circular en todas las calles, y ser recibidos en todas las familias, individuos en cuyo pasado hay manchas indelebles, y que, en cualquier otro país, se hubieran visto obligados a desaparecer”.
Lo que hace actualmente más grave el problema es que este parece aumentar en lugar de disminuir. Quienes han vivido más o conocen mejor la historia comentan cómo en tiempos de Somoza, a pesar de sus vicios y corruptelas, la Corte Suprema de Justicia estaba mayoritariamente integrada por magistrados de gran prestigio. Hoy no podría afirmarse lo mismo. Peor aún, los gobernantes no solo practican la corrupción sino que la enseñan. En las últimas elecciones millares de jóvenes fueron reclutados para actuar de cómplices en un gigantesco fraude.
Pero sería un gran error pensar que la corrupción es privativa del Gobierno. Esta permea toda la sociedad y existe en todos los estratos sociales. El primer paso para combatirla es examinarnos a nosotros mismos Cada vez que mentimos —¡y cómo se miente en este país!— trampeamos o incumplimos una obligación, estamos contribuyendo a la corrupción. El estudiante que se copia o no estudia incurre en ella, lo mismo que el hombre o mujer que engaña a su cónyuge. La honestidad y sus opuestos, la mentira y el robo, comienzan en los hogares, se extiende al círculo del trabajo y de allí infecta la comunidad y la vida política.
Gobiernos, escuelas, iglesias y empresas son, entre otras, agencias que pueden influir mucho en la moralidad pública. Un instrumento a su alcance es el establecimiento de códigos de ética. Miles de años atrás se promulgaron los diez mandamientos pero un alto porcentaje de nuestra población todavía necesita aprenderlos. El autor es sociólogo, fue ministro de educación 1990-1998.
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