Nueve de la noche. Cerca de la Plaza de las Victorias en Carretera a Masaya. A pocos metros de mí, al otro lado de la calle está un grupo de seis mujeres a las que el frío ataca. Se mueven con ligereza en todo momento, frotan sus manos y se abrazan de vez en cuando entre ellas. La chica de vestido corto, extremadamente corto, se ha puesto en cuclillas en varias ocasiones. Supongo que lo hace para soportar el inusual frío de esa hora.
Los carros pasan sonando las bocinas. Los conductores más atrevidos disminuyen la velocidad y les “piropean” versos, de esos que no puedo escribir aquí. Una camionetona se estaciona. ¡Bingo! Es hora de ver cómo es el negocio. Cinco minutos de negociación. La camioneta arranca. No hubo trato.
Me acerco como quien no quiere la cosa. Aunque debo aceptar que muy pocas veces siento pena de lo que hago, esta vez es una de esas. No era por acercarme a hablarles sino porque alguien me pueda ver y suponga que ando en la búsqueda de prostitutas. Eso no puede llegar a los oídos de mi madre o de algún boaqueño. Boaco, la ciudad donde me bautizaron, di mi primera comunión, confirmación y suelo ir a la iglesia los domingos. El párroco de la iglesia El Socorro me excomulgaría. Boaco, una ciudad donde el negocio de la prostitución no ha llegado aún, al menos así tan público. ¿Y desde cuándo me interesa lo que piensen los demás? Llegué donde estaban ellas.
A diferencia de lo que esperaba, se trataba de tres mujeres muy amables. Dos de ellas no me ven con suficiente confianza para empezar algún tipo de plática, pero no me corren y dejan que hable con Patricia.
Ella tiene 34 años. Dos hijas, una de 14 y otra de 19 años y conocen la profesión de su madre. Les contó personalmente antes de que algún malintencionado lo hiciera. Aunque no es un trabajo en el que se siente cómoda, asegura que es lo único que tiene. Sus dos colegas afirman con la cabeza al escucharla.
Pobre la Patricia. Llegó hasta cuarto año de secundaria. Su primera hija la tuvo a los 15 años. Y de cómo entró al negocio de la prostitución es un tema del que ya no habla, pero aunque su cuerpo y su atuendo griten fiesta, sus ojos susurran soledad y tristeza.
Con diez años de experiencia en este negocio, Patricia asegura que antes en este trabajo se ganaba más dinero. Lo que antes ganaba en dos o tres salidas por noche ahora lo gana en seis u ocho clientes.
A veces también iba con su prima Suyén a un night club, hasta que unos conocidos de su prima llegaron y le tomaron vídeo con un celular y se los mostraron a todos en la universidad. Ahora solo les queda Carretera a Masaya.
¿Y la camionetona de más temprano? le pregunté y las carcajadas aparecieron. Me confiesa que los tipos de camionetonas son los más “pinches” y los más raros también. Los taxistas y los tipos en carros destartalados son los que nunca ponen “peros” al precio.
Es divertido, con todo respeto, conocer cómo se negocia el sexo en la calle. Hay combos como en cualquier restaurante de comida rápida. Entre más se pide más se paga.
A Patricia le ha tocado estar con tipos imbañables y otros que, tal como cuenta, solo en las películas de terror se ven. Pero el negocio es así. No discrimina a nadie.
El “clic” entre Patricia y yo la animó a confiarme algunos nombres de sus clientes. Personalidades políticas y de la televisión nacional. Uno de ellos la pasa trayendo generalmente los fines de semana. La obliga a usar ropa interior de cuero y a acostarse en un tapete de cuero curtido, accesorios que siempre guarda en su camioneta.
Otro de sus clientes famosos siempre le pide que la acompañe un travesti, y su otro cliente famoso a quien yo conozco pero no se lo dije a Patricia, le encanta que lo “fajeen”. Será difícil verlo nuevamente sin recordar esta plática.
En Carretera Masaya, tan solo entre la Plaza de las Victorias y la rotonda de la Centroamérica puede haber al menos 80 prostitutas durante toda la semana, me dice Patricia. Esta noche solo conté 25.
Pero estas trabajadoras del sexo se extienden por toda la capital. En mi paseo nocturno las vi en las inmediaciones de la Asamblea Nacional, en el sector del Hospital Militar y en la famosa rotonda de Bello Horizonte.
Nunca están solas o tan distantes entre ellas. Es una de las formas en que se cuidan. Y no es para menos. A Patricia la han golpeado hasta mandarla al hospital. La han violado y tirado desnuda en las calles de la residencia de Santo Domingo y en una ocasión la arrastraron en una camioneta. “No es fácil ser puta”, al momento de aceptar un cliente. Antes de montarse se persigna. Quizá este sea el último de la noche.
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