Mario Sandoval

El espíritu de Dios es el amor que transforma todo

En la vida litúrgica de la Iglesia vivimos un tiempo especial que se llama Navidad, que va desde el 25 de diciembre hasta el domingo después del 6 de enero, que celebramos la fiesta del bautismo del Señor, ese misterio tan hermoso y lleno de alegría es por la presencia de Dios entre nosotros que nace un niño en una familia de gente pobre, humilde, buena y santa. No podemos perder de vista que nace para morir en una cruz por la salvación de la humanidad y enseñarnos el camino para llegar a Dios.

Hay momentos en la vida de la persona que marcan un antes y un después, se trata en un proceso en el que no hay vuelta atrás. El bautismo de Jesús viene a ser algo así, el tiempo antes del bautismo fue vivido en familia en la evolución normal de cualquier niño o joven de su época, se nos dice que fueron treinta años de vida anónima y tres de ministerio público.

Cuando Jesús se acerca a Juan en el Jordán es porque ha sucedido algo que lo lleva a tomar conciencia de su misión, recordemos que Jesús es verdadero Dios pero también verdadero hombre, eso quiere decir que debió pasar por un proceso de discernimiento hasta darse cuenta de su vocación.

Después del bautismo Jesús apareció públicamente en Galilea cuando el pueblo vivía una profunda crisis religiosa, llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios, los cielos estaban cerrados, una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo, ya no había profetas ni nadie hablaba impulsado por su espíritu.

San Marcos en su evangelio nos narra que al salir Jesús del agua del Jordán, después de ser bautizado, “vio rasgarse el cielo” y experimentó que “el Espíritu de Dios bajaba sobre Él”. Por fin se hace posible el encuentro con Dios, sobre la tierra camina un hombre lleno del Espíritu Santo, se llama Jesús y venía de Nazaret.

Desde hace algunos años, como fruto de la reflexión, asistida por el Espíritu Santo, la Iglesia viene planteando a todos sus miembros la urgente necesidad de una nueva evangelización que a fin de cuentas es llevar al hombre de hoy a vivir su vocación de bautizado con el compromiso de santidad que este sacramento exige a quien lo recibe, por Él somos injertados en Cristo para ser otros cristos en el mundo y de esa forma transformarlo en una casa para todos donde reine la paz, la justicia y el bienestar.

Los bautizados tenemos el deber de reflexionar para interiorizar y encontrarnos con nuestra propia realidad, siendo capaces de reconocer con valentía que en nosotros hay cosas y actitudes que necesitan cambiarse para forjar una verdadera.

En Nicaragua y el mundo la Iglesia necesita de hombres y mujeres que testimonien su fe en Cristo Resucitado, dejándonos impulsar por el Espíritu Santo, integrando comunidades vivas en torno a sus parroquias, presentando el rostro de una Iglesia que ama a Jesucristo, que lucha contra las injusticia, que promueve el derecho y la paz, que camina con su pueblo. El autor es párroco de San Pedro, en ciudad de Rivas.

COMENTARIOS

  1. David
    Hace 15 años

    Sí, debemos cambiar mucho en nicaragua. Especialmente la actual élite polìtica y económica (COSEP con sus antivalores), que atentan contra todos los establecido por Cristo, especialmente aquellos que instruyen a la población acerca de la forma de cometer fraudes y ejecutar abusos de todo tipo, al repetirles la consigna de que «el fin justifica los medios». Se debe actuar rápido, tan veloz como la descomposición que ha venido inculcándose al nicaraguense.

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