Sobran las hipótesis. Aún rueda el comentario por las calles y siguen las plumas tocando el tema. Hay reacciones. Están empujadas por la ilegitimidad. En no pocas de las esquinas embulladas por la exaltación, se cree en los falsos dioses.
Se produce la convocatoria en las avenidas asaltadas por la incertidumbre debido a la ausencia de la legitimidad que es el tema durable en la mesa de los analistas. Es en esa ausencia donde está escrita la esencia penal de lo que fue víctima de la metamorfosis. Lo que debió ser un acontecimiento festivo, insinuador de grato futuro, se convirtió en relajo y quejas.
Se elige para poner los ojos en la certidumbre mediante la designación de un eficiente administrador, mortal y humano como todos los que lo seleccionaron para el cumplimiento del deber.
No pocos sectores se inclinan —efecto de lo escuchado, visto y leído— que el ganador de la Presidencia de la República fue Daniel Ortega, más no su partido el dominante de los escaños en la Asamblea Nacional. Esa parece ser una conclusión. Estoy con la consideración de que, puesta en el tapete la multiplicidad de trampas, Ortega superó la marquesina de sus votos —el más allá del 38 por ciento— previsto por las encuestadoras desde antes, razón por la cual se le podía atribuir el derecho de ocupar la silla con un cuestionamiento para la oposición, no solo dividida sino que inexistente. Congenio con la tesis de un avezado observador (debía ser el término) de la Unión Europea al interpretar desde el ángulo no semántico, sino que político, el vocablo fraude que según él, se da cuando se proclama ganador al perdedor y aquí aseveró, no ocurrió eso.
Con esa afirmación se recurrió al ayer en que el doctor Enoc Aguado, yendo coincidentemente por el PLI en alianza con el Partido Conservador, resultó ser el perjudicado, cuando el castigado por los sufragantes fue el doctor Leonardo Argüello. Somoza García volteó las urnas. Por cierto, “el hombre de la pera”—así conocido— se le volteó a quien lo designó.
Vuelvo al hoy que no termina de aprender del ayer. Aunque hay sus diferencias, incluida la de adversarios diseminados, Ortega no debió haber manchado su triunfo, modesto si tuvo la jerarquía de su techo, como ya ocurrió en las elecciones anteriores, con las sombras a cual más saturadas de basura que le puso el Consejo Supremo Electoral, quizá para hacer abrumador el resultado y tener mayoría calificada en el poder legislativo, que pueda imitar a la sedición personal del monarca que afirmó: “El Estado soy yo”. Frase no olvidada que sigue de mal ejemplo.
El afán de acaparar engendró a la ilegitimidad. Si hay que aplicar un término auténtico e indiscutible, para el aún fresco proceso, es el de la ilegitimidad, que no podrá servirle de garante sustantivo y sustancial de la aún escondida felicidad nacional. La ilegitimidad tomando en cuenta la inconstitucional postulación.
Cómo lograr que disminuya la angustia cuando hay muertos en los dos bandos, sensible afectación en el corazón roto de las familias. Eso basta para poner una tilde gris…
La legitimidad es columna vital en el edificio de la institucionalidad. Ha sufrido un desmayo. Puede levantarse. Pero en este momento es una muñeca de trapo, que solo sonríe en el papel. El autor es periodista.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A