Para la Independencia, en 1821, Costa Rica era una pequeña provincia situada en el confín de Centroamérica, fronteriza al sur con Panamá y al norte con los departamentos nicaragüenses de Nicoya y Guanacaste, según su Constitución de 1826; es decir, a muchos kilómetros de distancia del Gran Lago y del río San Juan de Nicaragua.
La provincia de Costa Rica formaba parte de la Diputación Provincial de León y eclesiásticamente dependía del obispado de Nicaragua; quizás desde entonces es el resentimiento con Nicaragua. Fue por la convocatoria a las Cortes de Cádiz en 1812, a donde las provincias de Centroamérica debían enviar un diputado por cada una y por la poca población de Cartago y San José, que León autorizó al departamento de Nicoya votar con Costa Rica. Chester Zelaya en: Nicaragua en la Independencia, informa que esto pudo alentar a Costa Rica su afán expansionista e invitar a Nicoya y Guanacaste a anexárseles, invitaciones que al principio los departamentos nicaragüenses rechazaron, pero que terminaron aceptando en 1824, con el pretexto de la guerra civil que se libraba entre leoneses y granadinos, separación que autorizó provisionalmente la Federación de Provincias Centroamericanas.
Desde entonces Costa Rica llevó sus fronteras al río San Juan y al lago. Pero no estaba satisfecha. Debido a la prosperidad de la Ruta del Tránsito y el proyectado canal por Nicaragua, quería para sí todo el río, la mitad del Gran Lago y Rivas (apoyada por el imperio británico, “la pérfida Albión”).
La ocasión llegó con la intervención de William Walker, una vez expulsado el filibustero en 1857 y teniendo Costa Rica en su poder los territorios fluviales mencionados, Nicaragua, desgarrada por la guerra, en agradecimiento por la ayuda prestada, cedió a Costa Rica Nicoya y Guanacaste mediante el Tratado Gregorio Juárez y J.M. Cañas en julio de 1857. Obtenido esto, el presidente Mora exigió más y declaró la guerra a Nicaragua, debilitada como estaba, pero la reacción nicaragüense fue contundente y aceptó la guerra, poniéndose a la cabeza Máximo Jerez en el lago y Tomás Martínez por tierra. Los ticos al ver la determinación nica salieron en desbandada hacia su territorio y Nicaragua recuperó sus fronteras. Costa Rica no tuvo más remedio que firmar el Tratado de límites entre Máximo Jerez y José María Cañas el 15 de abril de 1858, en donde reconoció el dominio y sumo imperio de Nicaragua sobre el río San Juan.
Enrique Belli Cortés que narra estos hechos en 50 años de vida republicana, 1859-1909, revela la mala fe del presidente Mora, cuando detrás de la participación de Costa Rica en la fase final de la Guerra Nacional (también estuvo en la fase inicial quizás con mejor voluntad), estaban los intereses de Cornelius Vandelbirt —propietario de los buques y la Ruta del Tránsito en poder de Walker— quien le ofreció doscientos mil dólares a cambio del rescate de sus bienes, cuestión que Mora realizó, apropiado temporalmente de la situación.
Como no pudieron despojarnos del río San Juan, no es de extrañar que la presidenta Laura Chinchilla, que tiene problemas en su país, venga ahora a construir una carretera casi en el lecho del río, contaminando sus aguas, destruyendo un corredor biológico, en una “hostilidad ascendente” como manifiesta el doctor Jaime Incer Barquero y como dijo el doctor Mauricio Herdocia: “Violando el derecho internacional; no se puede alegar el derecho interno cuando se dañan derechos de terceros países” (programa Carlos F. Chamorro). ¿Tiene esto tintes políticos? preguntan amigos. No sé. Pero uno de ellos exclama: ¡Parodiemos a los mejicanos!: “Pobre Nicaragua, tan lejos de Dios y tan cerca de Costa Rica”.El autor es abogado y presbítero anglicano.