Esa vela que descansa en la luz, hastiada de las islas, una goleta que surca el Caribe en dirección al hogar, podría ser Odiseo, camino a casa en el Mar griego; aquella ansia de padre y esposo bajo las arrugadas uvas agrias, es como aquel adúltero que escucha el nombre de Náusica en el grito de cada gaviota. Esto no tranquiliza a nadie. La vieja batalla entre la obsesión y la responsabilidad no terminará nunca y ha sido la misma tanto para el navegante como para el que se retuerce allá en la orilla sobre sus sandalias al encaminar sus pasos hacia el hogar, desde que Troya suspiró su última llama, y la roca del gigante ciego sacó la batea de cuyo pozo surgen los grandes hexámetros que terminan en marejadas exhaustas.
Los clásicos pueden consolar. Más no lo suficiente.
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