Hemos llegado al final de este tiempo hermoso del Adviento, el cual con su liturgia nos ha dado un sentido de esperanza. Este tiempo tiene como finalidad el prepararnos a la santa y blanca Navidad.
Hoy nos preparamos para celebrar el nacimiento del Niño Jesús, que viene a ser el cumplimiento de la Palabra de Dios para con el hombre. Este niño es la Palabra de Dios, es la palabra de Dios que es eterna y se hace temporal porque ha puesto su tienda en medio de los hombres (Jn 1, 1-14).
La Navidad es el tiempo de la alegría, ya Pablo nos invitaba en el tercer Domingo de Adviento a vivir alegres (Tes 5, 16-24); es la invitación que el Ángel le hace a la Virgen joven de Nazaret con su saludo “alégrate llena de gracia” (Lc 1, 26-38). Es el anuncio que el Ángel les da a los pastores (Lc 2, 10). Dios quiere que el hombre viva alegre, que no viva encorvado por el peso de la tristeza que causa el pecado; la alegría tiene que ver con la dicha, la felicidad.
La Navidad es un tiempo de reunión familiar, es la conmemoración de un hecho histórico, pero que se vuelve realidad presente y se vuelve seguridad ante el destino trascendental del hombre. La Navidad es la celebración alegre del cielo con la tierra; son los ángeles quienes entonan la alabanza que anuncia el nacimiento de un Dios que se hace niño (Lc 2,10). El abismo que Adán y Eva crearon por su desobediencia, es superado con el nacimiento del Niño de Belén. En este Niño coincide la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre.
Si nos detenemos un poco a leer el evangelio de Lucas, la parte que tiene que ver con la infancia, notaremos que está lleno de contrastes, en primer lugar, una Virgen es madre (Is7, 14; Lc 1, 26). El Hijo de la Virgen no es concebido con el concurso humano, es fruto del Espíritu Santo (Lc 1, 35), el niño que nacerá es Dios (1, 32); no son los importantes quienes reciben la Buena noticia, los destinatarios son unos pobres pastorcillos que cuidaban su rebaño (Lc 2, 8), el espesor de la noche se vuelve claridad (Lc 2, 9), y si fuera poco el dueño, el rey del mundo nace en un pesebre (Lc 2, 7). El hijo de la Virgen llamada María es verdadero Dios y verdadero hombre.
Esta noche, este día aconteció hace muchísimos años pero que cada año se revive la Navidad, nadie habla en pasado, se dice hoy es Navidad. Sí, hoy es Navidad, pero si en ti y en mí floreció el amor, la justicia, la paz y el perdón, estas son las señales que los pastores de hoy han de encontrar en ti, de nada sirve que compartamos regalos, cena, y que brindemos si no eres capaz de abrazar a tus seres queridos, a tus vecinos. Se me viene a mi mente algo que desde niño aprendí en casa de mis abuelos y tíos llegada la medianoche del veinticuatro, después del brindis venía el abrazo y las felicitaciones que incluía a los vecinos. No permitas que esta Navidad se vuelva fría. Feliz Navidad.
El autor es rector del Seminario arquidiocesano La Purísima.
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