Mañana, día de Navidad, se cumplirá el vigésimo aniversario de un acontecimiento de trascendencia histórica universal que no debe pasar inadvertido.
El 25 de diciembre de 1991, el entonces líder comunista ruso Mijaíl Gorbachov compareció ante la televisión de Moscú para dar a conocer su renuncia al cargo de presidente de la Unión Soviética y declararla oficialmente disuelta. La Unión Soviética ya se había desmembrado de hecho 17 días antes, por acuerdo de los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, pero faltaba oficializar su disolución.
La Unión Soviética ha sido el imperio más grande de la historia universal. Estaba formado por quince grandes y medianas repúblicas federadas y numerosos territorios, comarcas y repúblicas “autónomas”. Ocupaba un territorio de 22.4 millones de kilómetros cuadrados y tenía una población de 293 millones de habitantes, de unas 100 etnias y casi 300 nacionalidades, que hablaban lenguas diferentes pero estaban unidas por la obligatoriedad oficial del idioma ruso. Además, alrededor de la Unión Soviética orbitaban como satélites los Estados comunistas de Europa Oriental y su esfera de influencia había llegado hasta el hemisferio occidental, donde en 1959 y 1979 respectivamente se instalaron los regímenes comunista y procomunista de Cuba y Nicaragua.
De acuerdo con el dogma marxista del materialismo histórico, la sociedad comunista iba a durar para siempre y dominaría todo el mundo, porque era absolutamente ineluctable y después del comunismo ya no habría ninguna otra formación económica y social. Sin embargo, el comunismo como sistema social es contrario a la naturaleza humana, como lo demostró dolorosamente la experiencia de la misma Unión Soviética, y por lo tanto estaba condenado a desaparecer.
De allí que el fracaso del comunismo en Rusia y la extinción del imperio soviético fuera pronosticado por muchos economistas, sociólogos, antropólogos, filósofos y políticos. Desde una perspectiva estratégica, el presidente estadounidense Ronald Reagan advirtió en un discurso que pronunció el 17 de mayo de 1981 en la Universidad católica de Notre Dame, Indiana, Estados Unidos, que “Occidente no va a contener al comunismo sino que lo va a trascender —es decir, a derrotar—, lo va a descartar como un capítulo despreciable de la historia humana cuyas últimas páginas están siendo escritas ahora ”
Vale la pena recordar que el desmembramiento de hecho de la Unión Soviética, antes de que fuera anunciado oficialmente, había ocurrido el 8 de diciembre, día de la Virgen María. Y como dato curioso, o significativo según se le quiera apreciar, en la tercera profecía de Fátima anunciada en octubre de 1917, se profetizó el ascenso y la caída del imperio comunista soviético, el cual se instaló el 7 de noviembre de ese año y cuya acta de defunción firmó Mijaíl Gorbachov 74 años después, el 25 de diciembre de 1991. Lo cual pareciera confirmar la sentencia de la escritora holandesa Corrie ten Boom, protectora de los judíos durante la persecución nazi, que “los molinos de Dios muelen despacio, pero muelen muy fino”.
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