En Nicaragua, la literatura está secuestrada. Y esto quiere decir que no importan los méritos. Todo lo que importa es quién tiene el poder de hacer algo, las conexiones burócratas. Esto quiere decir, que los planes de notables centros literarios, de cultura o como los llamen se hacen alrededor de los objetivos propuestos por los que están en control. La organización en estos centros se hace por medio de la agrupación del elemento humano que cumpla con los requisitos planteados por la Administración, sin consideración de quien escribe bien. La política es el elemento más importante en las decisiones organizativas. Todo es dirigido no para alcanzar más altos objetivos, sino para satisfacer intereses personales. Y el control de todo esto es llevado a cabo para asegurarse de que nadie penetre los muros erigidos por los bloqueadores de talento, por los monopolizadores de pequeñas glorias.
Lo anterior es crítico por el valor de las artes con respecto a la educación y al desarrollo humano. Las artes tienen una función social indispensable para conectar al individuo con la sociedad, para mantener despierto el debate nacional sobre todo lo que es relevante para esa sociedad, como punto de referencia en lo que respecta al desarrollo cultural. Impedir la expresión artística, la comunicación de valores y realidades sociales es conculcar los derechos humanos más básicos de los individuos y de la sociedad. En este sentido, el arte es vida y la proscripción de un artista o su obra es equivalente a la negación de su propia existencia.
Uno de los grandes problemas que existe en Nicaragua es que la autocracia comunista que emergió súbitamente en 1979 monopolizó las artes para evitar la libertad de integración y relación social. Todos sabemos que estos tipos de dominio público prohíben la comunicación de las realidades del sistema y las condiciones de vida que ellos imponen. Pero lo más grave de todo es que ese privilegio quedó establecido como una modalidad en todas las áreas del arte nicaragüense, quizás por estar conformado —en gran parte— por el mismo elemento humano. Unos cuantos centros en Nicaragua poseen el privilegio de decidir quienes pueden promover y diseminar cultura. Son unos cuantos, los que habiendo pasado el “filtro artístico”, pueden comunicarnos —a través de sus expresiones— sus percepciones de nuestra realidad humana.
No es accidental que hoy día el Gobierno de Nicaragua prescinda de sus propios cantautores, escritores, muralistas, etc. La actual dictadura nicaragüense está siendo bien servida por las organizaciones culturales más importantes del país, ya que estas se encargan de detener cualquier intento de democratización cultural. Muchas de estas organizaciones circulan alrededor de ex aliados del dictador. Y son ellos los únicos que están —de facto— autorizados a escribir algo en protesta contra el Gobierno o contra el dictador, pues está bien sabido que no van a denunciar algo significativo, pues muchos de ellos formaron parte de esa tiranía que emergió en 1979 y que desde entonces ha gobernado “desde arriba o desde abajo”. En ese sentido esas organizaciones culturales, en un proceso de colaboración mutua, tienen un papel destacado al servicio de la dictadura.
Cultura de sumisión es lo que estas organizaciones promueven con sus actividades colaborativas. Estas se constituyen en el patíbulo de la innovación, de la igualdad de oportunidades, del enriquecimiento y diversidad cultural y de la construcción de nuestra propia realidad. En otras palabras, estas son simples enemigas del desarrollo humano y de la libertad.
El autor es economista y escritor
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