Cuando el juez preguntó: ¿Quién mató al Comendador?, el pueblo contestó: ¡Fuenteovejuna, señor! Esa era la consigna. El Comendador era un hombre represivo, autoritario, lujurioso, violador, vulgar, prototipo de la infamia; haciendo ostentación de su poder, sembraba el miedo, promovía el caos, la zozobra, la amenaza y se burlaba de los campesinos y del rey. Después de tanto abuso de autoridad, el pueblo ya no soportó la represión extrema y viendo que el Comendador había roto el contrato social, que había destruido la institucionalidad, el orden y la armonía de las relaciones comunitarias, hombres, niños y mujeres asaltaron su palacio, lo lincharon y le dieron muerte. Su cadáver fue exhibido públicamente para escarmiento de los abusadores.
Fuenteovejuna, una comedia de Lope de Vega, basada en un hecho histórico relatado en la Crónica de la Orden de Calatrava, 1476, se actualiza con sus variantes contextuales, en el linchamiento que sufrió Muamar Gadafi, en Sirte, su ciudad natal. Cuando le preguntaron a los rebeldes: ¿Quién mató a Gadafi? Los insurgentes contestaron sin vacilar: ¡Aquí nadie lo ha matado! Semánticamente equivale a la consigna de Fuenteovejuna. Una vez que lo sacaron de la cloaca, los rebeldes se ensañaron con el hombre otrora fuerte, imponente, endiosado, con aires de invencible, el hombre víctima de sus fantasmas que le negaban conciliar el sueño, el drogo, el que no permitía a sus adversarios un aleteo de oposición; el promotor del terrorismo internacional, el que se llevó secretos comprometedores de líderes mundiales, en fin, el azote de la humanidad.
Los combatientes al reconocer a Gadafi lo abofetearon, lo arrastraron de su larga cabellera, le rompieron la boca, le escupieron el rostro, le espetaron mil groserías, y él con su rostro bañado en sangre, abandonado, desorientado, indefenso como un ratoncito, despojado de sus ricas vestimentas exóticas, sin sus 200 guardias vírgenes, sin sus esclavas sexuales, el tirano, tirado en el suelo entre basura e inmundicias, pedía compasión, clemencia, y no sé si en algún momento gritó: ¡Valgo más vivo que muerto! La sed de venganza justa, la ira de los rebeldes, sin compasión, le quitaron la vida. Para más dolor de su familia y seguidores, su cuerpo se exhibió, junto a su hijo, también muerto, por varios días en una cámara fría de un mercado de Misrata.
La crueldad, venga de donde venga, es inaceptable. El linchamiento de Gadafi y su muerte violenta siguen generando debates en muchos foros internacionales, academias y en los organismos que defienden los derechos humanos. Unos lo querían muerto, los más vengativos, los dominados por la ira, los partidarios de una justicia primitiva: “ojo por ojo, diente por diente”. Otros lo querían vivo, para que fuera juzgado por los tribunales de justicia. Si eso hubiera ocurrido, se habría infundido entre los libios el respeto a la ley, porque es la ley la que le pone límites a la violencia. Ojalá que ese pueblo logré la paz, la reconciliación y la democracia. El autor es director del proyecto educativo.
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