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Por Juan Carlos Ampié
Muy a mi pesar vi El gato con botas doblada en español. Irónico, considerando que el personaje principal, según su aparición en los sainetes revisionistas de Shrek , es un espadachín felino de origen ibérico con la voz de Antonio Banderas. Los cines locales ya perdieron la costumbre de programar proyecciones de películas animadas en inglés original con subtítulos en español, justo cuando debería ser mas barato y fácil que nunca. Si antes tenía que importarse un aparatoso rollo de 35 mm extra, ahora el mismo archivo digital que se baja de Internet puede traer todos los idiomas y subtítulos habidos y por haber.
Supongo que la decisión obedece a la insistente creencia de que las películas animadas son producidas exclusivamente para niños analfabetos. Esto va a contracorriente del insistente cortejo que los realizadores hacen al público adulto. Uno de los chistes recurrentes del “Gato con Botas” tiene que ver con sus capacidades de seductor, una secuencia entera se arma alrededor de la posibilidad de daño a la entrepierna. Sí, los niños responden bien a la comedia física, pero aquí —como en la mayoría de los productos animados comerciales— se explota el morbo en diferentes grados de sutileza.
En algunos países el doblaje es un imperativo. En la España franquista se implementó como mecanismo de control y censura. Cualquier línea considerada ofensiva era cambiada por otra. Generaciones de espectadores crecieron habituados a escuchar a las grandes estrellas hablar en su idioma, y una masa significativa de actores encontró en él su subsistencia. La costumbre arraigó, y hasta la fecha sigue vigente. Algunos expertos alegan incluso que los subtítulos distraen de apreciar los elementos visuales de la película, que a la postre, son los más importantes.
Mi problema con el doblaje es que compromete la integralidad de la película. La voz del actor, su acento e inflecciones particulares son parte crucial del arsenal histriónico. Quítele eso, y el resultado es distinto a la intención original de sus creadores. Y eso se aplica a filmes con actores de carne y hueso como a fantasías animadas. Como no todos podemos ser políglotas, el texto en la parte baja es el menor de los males. Basta sentarse a suficiente distancia de la pantalla para garantizar que podamos leer sin perder de vista ni un detalle de la fotografía y la edición.
¿Y El gato con botas? Pues, es la típica mezcla aleatoria de clásicos de la literatura y cultura pop moderna al servicio de una genérica trama de acción. Perrault, Mama Gansa, Esopo, de La Fontaine, Batman, El Club de la Pelea y Sergio Leone son solo algunos de los que se mezclan con el frenesí de un DJ experimentando una sobredosis de éxtasis. A la tercera secuencia de acción de montaña rusa, el tedio me llevó a preguntarme si no está ya agotado el filón de nostalgia. ¿Qué vamos a satirizar en el 2030? ¿La sátira de una sátira? No sé. Esta película es una bola de estambre. Y el público es el gato, perdiendo el tiempo en una vana distracción.
Ver en la versión impresa las paginas: 19