La excelsa madre de Jesucristo, Redentor y Señor nuestro, María Santísima, reconocida por la Iglesia, como la Inmaculada Madre de Dios, en la divina segunda persona de la Sacrosanta Trinidad, en quien el Dios Trino y Uno, Creador del universo y de todo lo que existe, sintetizó su amor al género humano, humanizándose para redimirlo. Así por mediación de su Santo Espíritu, en todo su tiempo, escogió por Madre a la por siempre Inmaculada Virgen María.
Quienes por gracia de Dios recibimos y tratamos de vivir la fe cristiana, que dicho sea de paso, Él la da al que reconociéndole con humildad la pide; reconocemos también a Su Santísima Madre como corredentora y madre nuestra, pues Jesús Nuestro Señor, ya habiendo sido crucificado por haber querido guiarnos a la salvación, antes de expirar, estando su madre y el apóstol Juan al pie de la Cruz, a su nombre, nos la dejó, de invaluable legado, por madre.
En Nicaragua, desde hace más de cuatro siglos con la advocación de la Concepción de María, la religiosidad popular ha llevado su pomposa celebración a múltiples hogares, los primeros días de diciembre; y la noche del 7, conocida como la gritería de las Purísimas, el derroche de pólvora es exagerado y la que, como en otros tres, explota festivamente. Esta tradición ha llegado a lugares del mundo, en que por razones distintas, radican emigrantes nicas cristianos.
La devoción mariana se ha popularizado tanto, que podría decirse que cubre todo el triángulo patrio, y con razón de sobra la reconocemos como María de Nicaragua, siendo su bendita intersección continua por nuestra sufrida patria; incluso se apareció en el poblado de Cuapa, al bienaventurado Bernardo Martínez, para enviarnos por su medio el mensaje de que seamos constructores de la paz, ya que dicha virtud, desde la Independencia muy poca hemos tenido.
No queremos los nicas posesivamente hacerla nuestra. Ella, como la santísima madre del Señor de la eternidad y de la gloria, que humanizándose en su inmaculado vientre, habiendo querido por su amor infinito redimirnos y enseñarnos la vida plena, sintetizándola en la vivencia del verdadero amor que compartiéndolo dignamente y en paz, reconociéndonos hermanos; y a María, como madre, vivir desde aquí en su reino, que trasciende al eterno.
Vale la pena que mientras tengamos la vida que Dios magnánimo nos da; la que solo Él sabe cuándo y cómo, de aquí a la otra en cualquier instante, para bien o para mal, según nuestras actitudes de seguro ha de trascender, aprovechémosla trabajando de forma positiva como constructores de la paz, ya que esta solamente se consolida con actitudes veraces. Si como humanos nos hemos equivocado, debemos aprovechar el tiempo que nos queda para rectificar.
Más vale tarde que nunca. La verdadera paz, solamente fructifica mediante la aplicación vivencial del amor predicado por Jesús, el que íntegramente consolidado en su postrer mandamiento de: Ámense como yo les he amado, solidifica el indestructible baluarte contra todo lo negativo, no dando cabida a la egolatría, la envidia, la violencia ni el rencor y construir eficientemente la paz que ella nos recomienda, obteniendo el derecho de decir con la alegría que nos caracteriza a toda voz: María de Nicaragua, Nicaragua de María. El autor es miembro de ciudad de Dios y Redemptor Hominis
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