Al agradecer esta tarde la entrega de este Premio, quiero compartir con ustedes algunos de los sentimientos que me han acompañado desde el día en el que, por correo electrónico, Daniel Poohl me dio la noticia. El primer sentimiento fue la sorpresa. Después, sentí alegría y orgullo. Y enseguida me hice la pregunta obligada: ¿De quién fue esta idea, si ni siquiera tenía noticia de ninguna nominación?
Me propuse entonces saber más acerca de Stieg Larsson, hasta ese momento solo el autor de tres libros gruesos, de cubierta negra, con títulos larguísimos, en los que destaca la figura delgada de una muchacha vestida de rojo. Los había visto muchas veces en todas las librerías de Managua. Me habían llamado la atención, pero no los había leído.
Antes de contestar a Daniel, aceptando el Premio, compré los libros y comencé a leerlos con curiosidad. Después los devoré con avidez. Desde el comienzo me atrapó la temática, el estilo y la propuesta. Con la saga creada por Stieg, Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire , Larsson ha cautivado a millones de personas en todo el planeta. También me cautivó a mí. Con sus novelas, nos ha enseñado sobre los grandes desafíos del mundo de hoy. Nos ha mostrado en esa muchacha del vestido rojo, su protagonista, Lisbet Salander, el modelo de una muchacha joven que enfrenta todos esos retos con valor, con ética y con pasión. Nos ha puesto a pensar qué debemos hacer y qué podemos hacer. Nos ha desafiado a que pensemos si lo queremos hacer. Si queremos arriesgar tanto, como arriesgan Lisbet y Michel en sus historias.
En los libros de Stieg, Lisbet Salander no es solo la víctima de un sistema injusto, como lo son las centenares y miles de Lisbet que viven en ciudades y campos, barrios y aldeas de todos los países del mundo de hoy. Lisbet es también la emblemática figura de la joven que lucha, que no se rinde, que piensa y actúa, que enfrenta la ignominia, la corrupción y la injusticia defendiendo su dignidad y sus derechos. Y al hacerlo, nos invita a ser como ella es. Seguramente, muchas jóvenes de hoy quieren ser como Lisbet Salander. Y tengo la esperanza de que eso hará mejor nuestro mundo.
En cada capítulo de los libros de Stieg Larsson encontramos una denuncia y una pista de cómo reaccionar frente a la injusticia y la impunidad. Fue eso lo que me fue acercando, a la distancia del tiempo y del espacio, a la hermosa persona que este hombre fue. Descubrí que no fue solo un periodista brillante, un excepcional novelista, de quien el escritor nicaragüense Sergio Ramírez ha dicho: “No existe un escritor contemporáneo con un éxito parecido al suyo”. Descubrí que, además de todo eso, Stieg era mi cómplice, un colega de las luchas que me ha tocado emprender a lo largo de mi vida.
Como dice la nota que la Fundación presentó a la prensa al anunciar el Premio, Stieg Larsson fue “un hombre que luchó por la libertad de expresión, contra el racismo y por la vida de las mujeres. En él convivieron el profesional, el activista y el enamorado de la vida. Con el ejemplo de su vida demostró cómo combinando estas tareas con el poder de la palabra se puede cambiar el mundo”.
En sus libros he descubierto a Stieg Larsson como un auténtico defensor de los derechos humanos, especialmente de los derechos de las mujeres. Y creo que lo seguirá siendo por el poder de su palabra, por sus libros, que hoy leen mujeres y hombres de todas las edades en todas partes del mundo.
La valoración de su personalidad y de su legado se fortaleció en mí, al leer en su biografía que a los 14 años “fue testigo de cómo sus amigos violaban a una muchacha. Días después se cruzó con ella por la calle y se acercó para disculparse por no haberlo evitado. Pero ella rechazó las disculpas y Stieg se sintió siempre culpable. Eso lo marcó y desde entonces fue un feminista convencido”. Este defensor de los derechos humanos inició su compromiso asumiendo como propio el sufrimiento de una inocente. Es lo que nos ha ocurrido a muchas y a muchos en todo el mundo.
Hablar de derechos humanos no es un discurso teórico. Es siempre una opción de vida que nos coloca ante la disyuntiva de saber de qué lado estamos. O nos alineamos con el agresor o nos situamos al lado de la víctima. Para saber decidir qué hacer hay que estar siempre cercanos a la realidad de las personas para ver y sentir la inequidad de la que son víctimas. Solo sintiendo como propios los dramas humanos que hay tras cada violación de derechos humanos y solo indignándonos ante la impunidad que cubre muchas de esas violaciones encontramos la energía para luchar sin descanso.
Viniendo de Nicaragua, y en la hora difícil que vive mi país, me siento especialmente responsable de dar continuidad a esa lucha sin descansar. Y hoy y aquí, al recibir este Premio, quiero representar a las muchas mujeres y hombres que han entendido lo que Stieg Larsson nos enseñó: que no habrá un mundo mejor si no tenemos el coraje, la imaginación, la tenacidad y la pasión por construirlo sin excluir a nadie y sin incluir la ética en la política.
Recibir este Premio reafirma mi compromiso. Y especialmente el de las miles de mujeres que en Nicaragua luchan de mil maneras por la vida, por sus vidas, por su dignidad, por sus derechos, a pesar de tantas frustraciones. Y lo hacen sin perder ni el humor ni la humildad, humildad y humor que ustedes vieron en Stieg Larsson. Y que he visto en sus extraordinarios libros.
Gracias, amigas y amigos. La autora es Presidenta del centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH) Estocolmo, Suecia, 09 de noviembre de 2011
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