¡Nicaragua entera se levanta con la cara llena de lodo! Lo triste del caso es que todos sabíamos que iba a suceder. Pero de qué sirve conocer las cosas cuando no sabemos qué hacer con ese tipo de conocimientos. Es por eso que esperamos hasta la mañana del 7 de noviembre de 2011 para experimentar la angustia de ese cenagoso amanecer. Yo me pregunto que de dónde sacamos esa incapacidad de comunicarle al corazón lo que por tanto tiempo acarreamos en la mente.
Tantas preguntas me acechan, pues me confunde que toda una nación haya perdido el amor propio. Y es que tantos se envilecen: empresarios políticos, centros culturales, servidores públicos, religiosos, profesionales, artistas. Lo triste es que muchos se quieren sentir bien; con dinero, con lujos, con físicos transformados a punta de bisturí, pero nunca aprenden a sentirse bien acerca de sí mismos.
Lo que no logramos entender es que Dios no envió a Daniel Ortega, Eduardo Montealegre, Fabio Gadea o Arnoldo Alemán envestidos del poder. Dios lo distribuyó entre todos por igual, para que pudiéramos sobrevivir. Y el hombre —partiendo de esa premisa— desarrolló el sistema democrático para humanizar, facilitar y darle orden a las cosas. Somos nosotros los que colocamos el poder en los corazones equivocados, en las mentes malsanas. Somos nosotros los que perdemos la perspectiva de sus usos, de que este tiene formas de bien o de perversidad.
Por su parte, los políticos no logran comprender que el poder individual de los ciudadanos es depositado en ellos con la confianza de que no lo acumularán para beneficio propio, sino para el de toda la sociedad. Y este fenómeno atiende a que muchas veces escogemos a la persona equivocada como depositario de esa confianza. Un político que como niño, estudiante o empleado fuera privado de su poder y haya sido sometido a vivir sin control sobre sus decisiones y haya perdido la autoestima, muy probablemente al recibir grandes dosis de poder es un individuo propenso a su abuso, ya que no tiene marco de referencia.
Ese es el caso de todo dictador, ese es el caso de Daniel Ortega. Una vez que saborean el poder, lo atrapan en feroces fauces y lo defienden con la más bruta de las fuerzas. Y ahí es donde el dictador se asocia con otros menores, pero similares personajes y forman un gobierno de abusadores de poder.
Así, Nicaragua ha ido descendiendo como nación, desperdiciando su potencial humano y destruyendo la paz. Aquí aparecen dos problemas. Por un lado, gran parte de la población se ajusta a la situación y aprende a sobrevivir por medio de la deshonra, de la manipulación y la traición al resto de los miembros de la sociedad y por el otro lado, inevitablemente que muchos eventualmente se rebelan, resisten y se organizan en grupos violentos o no violentos.
Nicaragua clama por un Gandhi, un Tomás Moro, Jesucristo, Juana de Arco o la misma Teresa de Calcuta. Pero yo quiero ser práctico, en este mundo de Insulzas y de organizaciones internacionales corruptas como la OEA, yo quiero ver cara a cara a los líderes de los Estados Unidos, España, Inglaterra, quienes deberían no reconocer la ilegal e ilegítima reelección de Ortega y leer en sus miradas si en la conexión entre sus mentes y corazones trafica el entendimiento de que el lodo en la cara del nicaragüense es el mismo lodo en la cara de la humanidad.
El autor es economista y escritor.
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