Por Miguel Blandón Montenegro
El pasado 6 de noviembre el orteguismo propinó el último golpe a la débil democracia nicaragüense a través de unas elecciones fraudulentas. En lugares públicos por donde he pasado y en los medios de comunicación hablados y escritos, quienes no estamos de acuerdo con los resultados por considerarlos ilícitos y para nada transparentes, nos preguntamos: ¿qué vamos a hacer para salvar la democracia en Nicaragua? Es más, he escuchado en tono molesto, quienes se preguntan, ¡qué! ¿nos vamos a quedar de brazos cruzados?
Desde mi punto de vista, la violencia no es bajo ningún pretexto la forma de resolver las diferencias entre compatriotas. En tiempos modernos, cuando existen contradicciones que incluso llegan a parecer irreconciliables, el diálogo surge como una alternativa para resolver dichas contradicciones de manera civilizada. Sin embargo, en este momento en Nicaragua es iluso pensar que una persona embriagada de las mieles del poder, capaz de violar la Constitución para permanecer a cualquier costo en la presidencia y que tiene a la democracia y a la institucionalidad en “la sala de cuidados intensivos”, aceptará remediar las cosas a través de un diálogo.
Esa interrogante mía y la de mucha gente, hoy más que nunca tienen una enorme validez al paso de los días, porque el sentimiento de rechazo, de impotencia y desesperanza se va apoderando de los ciudadanos que estamos claros que los avances logrados en términos de democracia e institucionalidad no se pueden ni deben terminar por el capricho de una minoría. En este momento, tengo dos propuestas concretas que plantearles a aquellos que piensan como yo.
La primera es un llamado a todos aquellos candidatos no oficialistas que aspiraban a una diputación nacional o departamental y que resultaron electos de acuerdo con los “datos oficiales” del Consejo Supremo Electoral a que no asuman su curul, pues al hacerlo, asumir una diputación proveniente de unas elecciones viciadas desde el principio y nulas por el enorme fraude como los mismos partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil y organismos internacionales lo han denunciado, estarían reconociendo tácitamente que dichas elecciones fueron válidas.
Algunos podrán argumentar que en política los espacios que se dejan libres son ocupados por otros, o que no se le puede dejar a Ortega el camino libre en la Asamblea Nacional. Pero yo me pregunto y les pregunto a ellos ¿qué oposición real podrán hacer 28 diputados contra 62 del Frente Sandinista? Para mí la respuesta es simple: ninguna. Ortega y sus cómplices se aseguraron de adjudicarse los votos suficientes para hacer cuórum, para aprobar leyes ordinarias y lo más grave aún, reformar la Constitución a la medida de sus pretensiones. ¿Quién puede detenerlo ahora?
La segunda propuesta es no abandonar la protesta cívica. Hay que mantenerla permanente, como lo han hecho hombres, mujeres y jóvenes valientes en ciudades y caseríos. Hay que mantener el rechazo a este robo a la voluntad popular, no abandonar las acciones que circulan en las redes sociales, esas invitaciones espontáneas a vestirnos de negro, sonar la bocina de tu auto a una hora determinada, a sonar pailas en un lugar de concentración, acciones que no cuestan mucho, pero que molesta tanto a los promotores de la dictadura institucional.
Es ahora o nunca verdaderos hijos de Sandino, de Rubén, es ahora o nunca que tenemos que reaccionar para salvar a Nicaragua, no esperemos que vengan los de afuera a defender nuestra democracia, cada uno de nosotros podemos hacer la diferencia y cada uno tiene una responsabilidad para refundar la Patria.
Recuerden que “es mejor morir como valiente, que vivir como cobarde”, y al decir valiente no quiero decir violento. Es posible que se pregunten que si eso es factible. Pues bien, les daré una pista: Gandhi.
El autor es Máster en Negocios Internacionales
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