Las relaciones de pareja en uno u otro momento, enfrentan circunstancias que las ponen frente a una encrucijada en la que se puede optar por una de dos opciones.
La fácil: separación y/o divorcio; la difícil: luchar por impedir que la relación llegue a su fin. Por lo general, quienes optan por la vía fácil, separación, más temprano que tarde, dan el paso siguiente, caen en infidelidad.
Cuando esto sucede, los problemas como pareja y personales, crecen en sentido vertical y horizontal, el problema se profundiza, abre nuevas heridas en el corazón de la pareja.
Lo que al inicio parecía ser la opción más fácil, desemboca en serios problemas, en experimentar lo que es la infelicidad, la desarmonía y discusiones y confrontaciones agrias, que en la mayoría de los casos, consciente o inconscientemente, involucra a todos los que conviven bajo el mismo techo, principalmente a los hijos.
El cónyuge que tomó la decisión por la opción fácil, inicia un proceso de insensibilización con respecto al dolor de la otra parte y de la familia; percibe manipulación en toda palabra y acción de su pareja, por lo tanto, opta por ignorar peticiones para conversar y buscar una salida al conflicto.
Cada día que transcurre sin que el conflicto se resuelva, se continúan abriendo heridas y las que ya existían empiezan a infectarse con rencor, odio y amargura, las que en algún momento se convierten en causa de inestabilidad emocional de la pareja y la familia.
En nuestro caso, posterior a la primera separación, la relación ya no volvió a ser la misma, pusimos fin a la disolución física, nos juntamos, pero no estábamos preparados, ni emocional ni espiritualmente, para una reconciliación verdadera.
Muchos años después, encontramos el camino para mantener una relación sana y feliz y nos decidimos por la opción difícil, luchar por nuestro matrimonio. El camino inició dándole cabida a Jesús en nuestros corazones. Él nos proveyó de humildad y valentía para entrar en un proceso de sanación.
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