Ante la tragedia y la farsa del proceso electoral del pasado 6 de noviembre en Nicaragua, un amigo me decía: “La historia se repite”. Con frecuencia escuchamos esta expresión, pero en realidad las similitudes entre los períodos históricos difieren significativamente. Cada período está influenciado por personajes diferentes, eventos distintos y resultados vagamente similares. De ahí que podríamos hablar de fluctuaciones históricas más que de ciclos históricos, pues esto último implica regularidad.
Es aquí, precisamente, donde el libre uso de esta expresión nos confunde. Por ejemplo, en una entrevista —poco antes de las elecciones— escuché a Edmundo Jarquín aseverar que el voto en las elecciones del 2011 —al igual que el resultado electoral del 2001 en Nicaragua— se iba a polarizar. Él explicaba cómo el electorado escogería entre Daniel Ortega y Fabio Gadea Mantilla, dándole de esa manera la victoria al segundo. La verdad es que las condiciones electorales del 2001 y el 2011 diferían considerablemente.
Pero Jarquín optaba por ignorar las señales de nuestro estancamiento histórico o convenientemente desechaba la realidad de que esta contienda electoral estaba influenciada por los mismos personajes y por casi idénticos eventos, instituciones y condiciones a las del 2006, donde Eduardo Montealegre le sirvió la presidencia de la república a Ortega en bandeja de plata, al dividir —irresponsablemente— la oposición liberal.
Esta vez sucedió igual, con el agravante de que una escisión más pronunciada creaba abismos irreconciliables dentro de la oposición liberal. Esto solo podría solidificar las estructuras políticas del dictador Daniel Ortega, quien aprovechó esa extraordinaria fragmentación para adjudicarse un porcentaje de votos que supera por más de veinte puntos porcentuales a los votos que este se designara en las elecciones generales que lo elevaran a la presidencia en el 2006. En este viciado escrutinio, se fabricaron los resultados electorales y Ortega se adjudicó un 63 por ciento de los votos. Con esto, Ortega expone absurdas percepciones de realidades, sus estrategias y sus aspiraciones.
Ortega exhibe la falacia del mito de que él podría ganar las elecciones presidenciales únicamente porque se le había favorecido con una reforma electoral que permitía la victoria con el 35 por ciento de los votos y cinco puntos porcentuales más sobre el oponente que obtuviera el segundo lugar. Así mismo, Ortega pretende imponer la noción de que ha recibido un mandato de parte del pueblo nicaragüense y así poder justificar la arbitrariedad de su gobierno. Y más importante de todo, Daniel Ortega pretende demandar una legitimidad superior que la de cualquier partido político de cualquiera de las democracias occidentales.
En general, esta fue la forma en que Ortega respondió al descontento de los nicaragüenses, blandiendo su brazo, mostrando su maza fornida, irguiendo la frente en alto y desplegando una burlesca sonrisa.
Todo esto niega la fortaleza de las instituciones democráticas en Nicaragua, expone la alta corrupción y complicidad del liderazgo político y nos demuestra la incapacidad del proceso electoral nicaragüense para defender la democracia. Lo grave de esta situación es que Daniel Ortega se presentó como un candidato ilegal y hoy es un presidente electo ilegítimo listo a imponer un gobierno totalitario y violento a través de la intimidación y el vandalismo.
Las elecciones no son un vehículo para legitimizar dictaduras violentas. Y si en este mundo globalizado, las democracias occidentales y los organismos internacionales como la OEA no desconocen la victoria electoral de Ortega, ellos serán cómplices del precio que los nicaragüenses habremos de pagar para reconstruir la paz. El autor es economista y escritor.
Si organismos internacionales no desconocen la victoria electoral de Ortega, ellos serán cómplices del precio que los nicaragüenses habremos de pagar para reconstruir la paz.
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