Bosco Matamoros Hüeck
Enfrentado a una oposición dividida e indiferente de su responsabilidad institucional, en base a los resultados electorales anunciados por el Consejo Supremo Electoral (CSE), el presidente Daniel Ortega ha sido reelecto, consagrándose como la figura política dominante del país y el FSLN, su organización política, como el partido mayoritario.
Con estos resultados se ha iniciado nuevamente el ciclo que se repite aproximadamente cada quince años en la historia nacional; caracterizado por la actitud reverencial hacia aquellos que ostentan el poder, la critica irracional y la explosión cuando entra en crisis, productos de nuestra incapacidad, como sociedad, de crear instituciones que reflejen el interés nacional no del grupo dominante.
No obstante su victoria electoral le permite al presidente Ortega posponer la cuestión de la sucesión en su partido. A corto plazo deberá presentar soluciones que le den confianza al país, proponiendo una agenda de nación, que también cuente con el interés de la comunidad internacional.
Este dilema también afecta el futuro del PLC que, en base a los resultados está llevando a una ineludible crisis el liderato del expresidente Alemán y arrastrando el partido, hasta ahora un factor determinante en la política nacional, a una Waterloo electoral, convirtiéndose en una apéndice, una versión del partido conservador del siglo XX incapaz inclusive de salvar su política clientelar.
Para Fabio Gadea, estas elecciones lo han catapultado como eventual líder de la oposición, pero a mediano plazo podría enfrentar la fragmentación de su coalición por las diferencias ideológicas entre liberales y el MRS, que dificultan su ubicación política y podrían limitar su capacidad de llegar a acuerdos con otros sectores.
En el balance, este proceso ha sido determinado sobre todo por la división de la mayoría liberal, que ya produjo el colapso de la oposición en las elecciones del 2006. Ahora, esta división, sumada al narcisismo de su liderato les impidió coordinarse en la defensa del voto y limitó su capacidad para enfrentar los retos estratégicos, caracterizado por la pobreza del debate político; pues más del 90 por ciento de las descalificaciones ocurrieron entre candidatos del PLC, PLI/MRS y ALN a los que se suman los ataques a la sociedad civil por considerarla una amenaza.
Los resultados de estas elecciones han dejado en evidencia la crisis de la política tradicional que plantea la urgencia de una reingeniería del Estado que parta de un amplio consenso y que no sea solamente resultado del interés partidario, que tenga entre sus objetivos la participación ciudadana y que los procesos electorales se efectúen de acuerdo a las normas internacionales y convenios suscritos por Nicaragua.
Ante la ausencia de contrapesos, agravado por la debacle opositora, el nuevo gobierno podría caer en la tentación de una aventura hegemónica, que, en base a la experiencia, sería una equivocación histórica.
Mas allá de estas elecciones, el país tiene el gran reto de construir un proceso democrático incluyente, que no se limite al ejercicio del voto, en donde el derecho de las mayorías debe estar sustentado en el respeto de las minorías y que la legitimación del poder parta del consenso de los ciudadanos.
Sin este balance seguiremos construyendo ciclos, una sociedad de resultados impredecibles.
El autor es nicaragüense, consultor político en Washington D.C.
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