Suerte mía, toda las sutilezas de mi afición a pensar, escribir, no han amortiguado en mi pecho ni paralizado en mi lengua las fibras que responden al aspecto venerado del sentimiento por mi patria, sin el cual el corazón del hombre no es más que vil saco de polvo, así como la admiración al heroísmo de mi país y sus habitantes, que llegan hasta ofrecer su vida por libertad.
En crisis política, el hombre honrado se encuentra confuso, no para cumplir su deber, sino por saber cuál es su deber, siempre alejado de banderas partidarias que no son más que lienzos con los que se amortaja a la patria.
Ha llegado el momento de escoger entre democracia o dictadura, libertad u opresión, paz o violencia, participación o marginación, el bien o el mal. La mesa electoral está servida para que la ciudadanía, con sabiduría que nuestra historia nos confiere, deposite su voto por lo que será el destino del país para las próximas generaciones.
Nuestra opción está entre el candidato sencillo, humilde, patriota que ofrece un gobierno que trabajará en parámetros de honestidad que la mayoría ansiamos, político dotado de tres virtudes —prudencia, justicia, fortaleza—, quien será un insigne gobernante sin leer libro alguno de los que tratan de razones de Estado, donde sus verdaderas armas serán: elegir ministros sabios y rectos, premiar méritos y castigar delitos, velar sobre los intereses públicos, ser fiel a sus promesas, respetar nuestra Constitución.
La otra opción es la soberbia enfatuada que sin freno perpetra grandes abusos, ciegamente creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino. Malvados que en gran escala han tenido suerte o desgracia de que un porcentaje considerable de ciudadanos se envilezcan arrojándose a sus pies, llegando a creer que están por encima de la moral, reguladora, según su criterio, tan solo de menudencias de la vida. Por esto se atreven tranquilamente, sin que empedernido corazón palpite con zozobra, a violar leyes, ateniéndose para ello en fútiles, movedizos edictos que ellos mismos dictaron, llamándoles “razón de Estado”, “interés de la nación”; a veces, sobre el vano eje de su capricho y pasión, hacen mover, vitorear al pueblo inocente, millares de individuos que solo quieren el bien, sin embargo a cambio solo obtienen migajas, esclavitud.
Nos presenta un futuro aterrador que acabará la libertad violando continuamente la Constitución, desprestigiando leyes que ya nadie procura cumplir, si no evadir para sus fines personales desapareciendo el civismo en la nación.
La victoria se acerca, la lucha llega a su fin. Nos ha tocado inmenso sacrificio, es deber imperioso que ese sacrificio no sea en vano. Debemos estar dispuestos a no dejar obstáculo enfrente, sea de la naturaleza que fuere, cualesquiera que sean las circunstancias, hasta haber levantado el porvenir de la nación sobre base sólida, que nuestro país amplía la vía, limpio el horizonte, marche hacia el futuro maravilloso que le depara. Reconozcamos que la causa es justa, con plena conciencia de nuestros deberes, dispuestos a no abandonar la obra libertaria, así llegaremos hasta el fin, aceptando este acto de responsabilidad y suprema reivindicación.
Nada establecido con violencia, mantenido con coacción, nada que degrade al ser humano y descanse en desprecio a la población, puede durar. No hay ideal que se pierda, revolución que se ahogue, dogma racional que no triunfe, esperanza salvadora que no se realice ni promesa de libertad que no se cumpla.
El autor es ingeniero.
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