Por Fabián Medina
Sincera o ingenuamente Guillermo Enrique López Salinas creyó en 1987 que podría poner su granito de arena a la paz en Nicaragua, buscando contacto en Kuskawás con los grupos armados que combatían la revolución que él defendía. Era un funcionario del Frente Sandinista. Estaba fresca entonces la reunión llamada Esquipulas II, realizada en Guatemala el 7 de agosto de 1987, donde los presidentes centroamericanos buscan una salida pacífica a los conflictos que vivía el istmo, particularmente Nicaragua. La paz era una palabra de moda. Enrique López se reunió con la Contra una vez. Recelos. Se reunió otra vez. Más confianza. A la tercera, iba a conocer al mero jefe del comando regional de la Resistencia Nicaragüense, Luis Fley, conocido por su nombre de guerra Comandante Johnson.
Para su seguridad, a ese encuentro se hizo acompañar de Francisco Fley, un hermano del rebelde, que era miembro del Ejército Sandinista. Todo salió mal. Johnson se molestó por unas fotos que hizo López y no había mayor cordialidad entre los hermanos enfrentados. Terminó secuestrando a López junto con su propio hermano, en un episodio que ahora se narra en el libro La guerra que no existió.
:::¿Cómo nace la idea de este libro?
En 1997, diez años después del secuestro, mi amiga Chantal, una monja francesa, me dice que debo escribir esto y no le paré bola. Lo empecé a escribir 20 años después, pero sin ninguna prisa. Escribía una página un día, pasaba meses sin tocarlo, hasta que Chantal un día enfermó y en su lecho de agonía me hizo prometerle, casi jurarle, que lo iba a terminar y publicar. Desde su fallecimiento me puse las pilas y cumplí.
:::¿Cómo fue el secuestro?
Yo no era muy disciplinado. Hacía un montón de cosas contradictorias con las orientaciones. (Era) Más político, más de cerca con la gente. Eso me fue creando una situación difícil como funcionario y parece que la Contra comenzó a creer que yo era un hombre permeable…
:::¿Reclutable para la Contra?
Sí. Y me citan a través de un correo, un doble agente. Ese correo me contacta y me dice que quieren hablar conmigo. La condición que ellos pusieron era que yo llegara solo. Pasé una semana encerrado preparándome, solo, encerrado, fumado, pensando…
:::¿Y para qué quería usted hablar con ellos?
Mi idea era hablar de paz. Y ellos pensaban en reclutarme. Estoy hablando de agosto del 87, recién firmados los acuerdos de Esquipulas II. Había un marco político nacional y yo había recibido capacitación sobre eso. La primera plática fue un libretazo, no era nada planificado. Solo contaba con el visto bueno de mi jefe inmediato. En el segundo encuentro me pidieron señales: presos liberados, medicina, enfermeras, doctores…
:::¿Y cómo se pasó de la plática al secuestro?
En la segunda plática, vuelvo a entrar, se liberan los presos, llevo medicina, doctor y enfermera, y encuentro un clima feo. Pero insisto en las pláticas. Los vuelvo a convencer que sigamos platicando, les pido que dejen ir a la enfermera y al doctor y me quedo con ellos una noche. Platicando, platicando… Y salgo. En el tercer encuentro, una semana después, supuestamente se iba a hablar con Johnson, porque era gente del (comando regional) 15 de Septiembre. Ahí estaba Johnson, me adjuntaron al hermano de él, Francisco, que era del ejército. Cuando lo encontramos vi que rechazó el saludo de su hermano. Vi que había problemas. En el segundo encuentro yo había tomado fotos, y Fley se puso enojado, que por qué había tomado fotos como que eran señoritas. El hombre no es un grosero para hablar. Pero fue muy firme y ahí supe que hasta ahí llegué. Me secuestraron.
Durante los años ochenta se convierte en funcionario del Frente Sandinista y es a través de esta actividad que entra en contacto con grupos contrarrevolucionarios, con quienes se entrevista en 1987, y, como resultado de esos acercamientos, en septiembre resulta secuestrado y es liberado en noviembre de ese mismo año.
Actualmente vive en La Dalia, Matagalpa, donde ejerce como abogado.
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:::¿Cómo vivió el secuestro?
Me dediqué a sobrevivir. A ser el que yo era. Nada de cobardía. Nos bombardearon. Salgo de una casa con un espejo a hacerle señales a los aviones y la respuesta fue el bombardeo. Eso me arrechó. Otra persona menos sólida ideológicamente se hubiera convertido en Contra.
:::¿Y el trato que recibió de los contras cómo fue?
Ya estábamos en el 87. Yo no recibí maltrato físico ni torturas ni nada. Recibí visitas de la S5, que eran los de Contrainteligencia. Siempre trataron de captarme. No hermano, yo me voy a morir sandinista. Así pasó el tiempo hasta que llegamos a Wanawás, y Johnson llamó a las comisiones de paz y les dijo que iba a entregar a “este hombre”. A su hermano nunca le dijo “hermano”.
:::O sea que Johnson secuestró a su propio hermano.
Sí, sí. Nada más que yo no lo vi porque él sí andaba con su hermano. Se llama Francisco Fley González. Todavía es oficial de ejército, creo.
:::¿Lo entregan en un intercambio?
No, no… nos dejan en un pobladito. Ahí vi la cosa más increíble. En la casa donde entramos con los contras les dieron café, los trataron muy bien y después cuando los contras se fueron y llegó el capitán del ejército, lo trataron igual, en la misma casa. Con las mismas bromas. Vi clarito la sobrevivencia del campesino.A los contras se les llamaba mercenarios, guardias, somocistas…
:::¿Qué imagen tiene de ellos?
Yo sabía que no eran guardias somocistas. Era un ejército de campesinos. Y bastante jóvenes. Yo tenía 31 años en ese tiempo y tanto los compas, como los contras me decían “roco”, viejo. Un hombre de 31 años en esas circunstancias es un hombre pasado de edad. Gente humilde.
:::¿Cuál era la diferencia entre un contra y un compa?
El uniforme. La ideología no era una cosa sólida en esta guerra. Era cuestión de adaptación y sobrevivencia.Estando al otro lado, me imagino que vio el mundo desde otra perspectiva.Donde yo estuve vi los dos lados malos. Muchas cosas terribles de la guerra no las cuento porque no es bueno tocarlas. Por ejemplo, había una persona en la montaña que los contras lo amenazaron que si lo agarraban lo iban a matar y le iban sacar el corazón. Y lo agarraron, y lo encontramos con el pecho abierto. También vi atrocidades de nuestra gente.
:::¿Por qué quiso contar su historia de secuestro y guerra?
Mi hijo tiene 25 años, es licenciado en desarrollo rural y no sabe nada de la historia.
:::¿Cómo estará la otra juventud?
Hay que aportar al conocimiento, pero hay que aportar no solo con grandes nombres, comandante fulano de tal, no, también los que anduvimos pegaditos al terreno.
:::¿Qué le promete usted en su libro a un lector que no conoce mucho de la historia de Nicaragua?
La guerra cruda. Pero también el toque humano. Johnson era un hombre que tenía el toque humano en la guerra. Era un hombre especial. No era sanguinario. Me respetó. Actuó como militar. Cuando me soltó me dijo: Mira broder, vos conociste nuestra gente, vamos con la ley del Talión, si nos quemás a mi gente jodemos la de ustedes. Eso es normal.
:::¿Esa admiración que le despierta Johnson no será síndrome de Estocolmo?
Es que eso fue después. Yo nunca me comuniqué con él durante el secuestro. Al paso de los años, la madurez, las canas… Yo antes no era su admirador. Para nada. Incluso ahora no me he comunicado. Me gusta que se ha mantenido, él es contra todavía. Está en su rollo.
:::¿En algún momento temió que lo mataran?
Claro que sí. Había contras que para decir “yo soy contra” me amenazaban. La orientación de ellos no era molestarme, pero por debajera me enseñaban cuchillos, me presionaban. Yo mido casi 1.80 (metros), lo que hice fue cachimbearme con uno de ellos en silencio. Cuando se fue “Cinco Pinos”, el jefe de ellos, lo reté. Lo vencí y me gané el respeto. Mucho me jodía. El lema ese año era ¡Aquí no se rinde nadie” y entonces él me decía: “Aquí no se rinde nadie y mirá donde lo andamos”. ¡Todo el día! “Mirá, resolvamos”, le dije. Pero la muerte la sentí más cerca cuando me secuestraron los recontras en el 91. Había un miskito que despellejó al doctor Martín Condega y le sacó los ojos en Waslala. Daba miedo su presencia. Le decía al jefe señalándome, “déjemelo, yo me voy a encargar de él”. Yo sentí que me iba a morir.
:::¿Por qué el título: La guerra que no existió?
Son historias que no existieron. Nadie las quiere contar. Nadie les da crédito. Para ellos nunca existió este tipo de acción en la guerra. Es un poco irónico.
:::¿Qué lecciones saca de esta guerra y de este testimonio?
Primero que no debe haber guerra bajo ninguna circunstancia. La guerra deshumaniza. Yo creo que yo sobreviví porque logré aferrarme a mi instinto de ser humano. Las veces que disparé fue para defenderme. Las veces que maté, porque maté, fue defendiéndome. Como yo no era militar no andaba atacando, solamente defenderme. La guerra no resolvió el conflicto. Contribuyó, pero fue a través del diálogo, las circunstancias o lo que sea, obligaron al Frente a irse a sentar. Esta hubiera sido una guerra de exterminio.
:::¿Y qué piensa cuando escucha personas ahora proponer la vía armada para resolver los conflictos actuales?
En primer lugar tengo que decirte que yo sigo siendo sandinista. No estoy muy bien ubicado con el actuar de la dirigencia, pero a las dictaduras hay que combatirlas con las armas. Ahorita no creo que sea el momento, pero podría llegar. Sin embargo, creo que los que hablan de guerra es porque no la han vivido.
