Hay sentimientos que duelen físicamente y hasta nos inmovilizan. Quizás es el dolor de nuestra desesperanza política el que nos está dejando —nuevamente— inmóviles y contemplativos este nuevo período presidencial.
Al parecer todos estamos dispuestos a entregar, rendirnos o venderle la presidencia, una vez más a Daniel Ortega Saavedra. Desde nuestros propios cómodos o desesperados rincones observamos, hablándonos a nosotros mismos, escribiendo artículos literarios, creyendo y tomando como ejemplo una revolución virtual de 18 días en Egipto —que en realidad no existió.
Hace seis meses, ante la desesperación de la impotencia, también me acerqué cauteloso a la misión intelectual de lograr descifrar nuestra realidad. Y por seis meses escuché mi voz poética en una forma en que las disciplinas de lo científico y la inspiración artística tomaran balanceada prominencia. Y tomé notas de mi soliloquio, ordené las ideas, y por supuesto me sentí obligado a preservarlas con el fin de transmitir percepciones culturales y conocimientos objetivos nicaragüenses, en el espacio y en el tiempo. La crítica estrictamente literaria de tal producto —El poeta y la paz— se la entrego reverente a los sabios de ese campo.
Así, me concentré en nuestra historia, pero sin revisionismos convencionales. Por otra parte, no descarté ni leyendas ni la posibilidad de conjuros. Sin embargo, todo lo iba sometiendo a su prueba lógica. Por ejemplo, la interrogante que presenta la tradición nicaragüense de que todos los presidentes sacrifican su legado y pierden su reputación, encuentra respuestas en que el valor de la honorabilidad y la gloria de servicio son neutralizadas por una visión cortoplacista y egolátrica. Y así hago eco de la palabras de Simón Bolívar: “Dichosísimo el que fuera, que habiendo entre escollos de la guerra atravesado, así como entre tropiezos de política y sus penas, pudiera, desde ese entonces, preservar su honor intacto”.
Si bien, las más de tres mil líneas de mi elaboración de ideas sobre el tema nos lleva a través de guerras, sus raíces, la razón de su persistencia, las aseveraciones de filósofos que proponen que “El estado natural del hombre no es la paz sino la guerra” o de las trampas que atrapan a lúcidos poetas: “Pueblo vibrante, fuerte, apasionado, altivo que puede bravamente presentar en la diestra el acero de guerra o el olivo de paz”. Cada quien atrapado en su tiempo.
De ahí mis proposiciones de estancamiento evolutivo, de profecías autocumplidas o efecto Pigmalión. De todo lo que nos ha dejado con los corazones compungidos, melancólicos, viendo sin mirar, asiendo sin palpar, oyendo sin escuchar, oliendo sin presentir, sobreviviendo sin estar.
Después de seis meses, llegando al final del libro, haciendo converger siglos de realidades contradictorias, destaco los abandonos igual que lo que persiste o se hace recurrente: “El poder en sí no existe en Nicaragua si no es a través de todo el poder”. Inválidas instituciones, todo el poder es personal. Hoy solo existe Daniel Ortega y obedientes amigos.
Pero mis preguntas se profundizan: ¿Acaso existe Nicaragua? o ¿Qué le queda a Nicaragua? Un poeta cantando solitario, una musa que plagiada languidece. El espejo de la historia destrozado, cada quien reflejado en un pedazo. Pero también queda una Nicaragua viva. No un paraíso totalmente perdido. Montañas de mil y una esmeraldas, la naturaleza, reclamando hegemonía. Queda oportuna, intacta el ánfora de Pandora. Y de ahí “el sueño del hombre despierto”. El autor es economista y escritor
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