En su forma más abreviada y concisa, un dilema es un razonamiento formulado por dos proposiciones contrarias que conducen a un mismo fin. En el caso específico de la realidad nicaragüense, es que estamos enfrentados a un dilema: votar o no votar. Porque las elecciones de noviembre ya están robadas aunque la gente vote masivamente o masivamente se abstenga de votar. Es ese el diabólico destino político diseñado por el pacto Alemán-Ortega.
Los términos básicos de ese pacto son: Control de ambas fuerzas (arnoldistas y sandinistas) a la CSJ y al CSE. Eliminación o reducción al mínimo de otras fuerzas políticas existentes. Suspensión de las candidaturas por suscripción popular. Distribución de los cargos en el Estado entre las dos fuerzas pactantes (arnoldistas y orteguistas). Reducción al 40 por ciento del porcentaje mínimo necesario para elección presidencial en la primera vuelta.
Para cumplir con esta cláusula del pacto, Alemán dividió a su propio partido y Ortega obtuvo el poder con el 38 por ciento de los votos. De esta elección quedó un remanente de votos que no se dio a conocer. El no mencionar esos votos confirma, por deducción lógica, que esos votos no eran para Ortega.
El pacto Alemán-Ortega tiene su antecedente ideológico-político en el Pacto Somoza-Chamorro. Ese pacto de 3 de abril de 1950, estableció como Partidos Principales (así en mayúscula) al Partido Liberal Constitucionalista y al Partido Conservador de Nicaragua, como segundo partido. A este encastamiento político se le llamó “Paralela Histórica”.
Alemán ha revivido en sus peroratas demagógicas el término “paralelas históricas”, para sensibilizar de alguna manera a los “soñadores liberales” que todavía quedan en el cotarro partidista, rebasado por los cambios que está viviendo la sociedad nicaragüense.
Las próximas elecciones se ofrecen sin ninguna garantía y despojadas de toda licitud constitucional y refuerzan el “votar o no votar” con algo mucho más oneroso, como es la presencia de una candidatura inconstitucional y un candidato condenado a 20 años de cárcel por malversación de fondos públicos, procedentes de la ayuda internacional, condena que nunca gracias al Pacto- cumplió y se quedó con el botón arrebatado al pueblo necesitado.
El pueblo que masivamente ha optado por la honestidad en el gobierno a cambio de la corrupción y la repartición de los dineros que le sacan con los impuestos, se enfrenta ahora al descaro de una candidatura inconstitucional prohijada por el funesto Pacto Alemán-Ortega. De manera que es a esta alianza perniciosa a la que hay que vencer con los votos, para instalar un gobierno honrado que inicie una política de honestidad, para limpiar al Estado de todos los vicio acumulados por la clase dirigente, que ha degradado las instituciones y ha dejado vacía de significación y valores éticos y legales a la Constitución de Nicaragua.
El liberalismo ha gobernado a Nicaragua por más de 70 años del siglo XX. Lejos de construir un Estado de Derecho, sus cabecillas políticos se concentraron en construir un Estado prebendario, bien estructurado y corrupto. De manera que los liberales y el liberalismo ya no tienen nada que ofrecer a los nicaragüenses. Las jóvenes generaciones así lo perciben y demandan un cambio. No quieren más de lo mismo: corrupción, engaños, demagogia y explotación de los que trabajan horadamente.
Aquel pacto claudicante de 1950 convirtió al Partido Conservador en zancudo del liberalismo. De la misma manera el Pacto Alemán-Ortega, se propone convertir al Partido Liberal en zancudo del sandinismo orteguista.
¿Por qué extrañarse? Después de 58 años de dictadura liberal y 70 años en el poder, el liberalismo no ofrece nada nuevo al país. Las jóvenes generaciones no esperan nada provechoso del liberalismo como institución política, carente de ideología y gastado por el tiempo y la corrupción.
El autor es periodista
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