No soy intransigente. Estoy seguro que alguien puede hacer una buena película sobre robots boxeadores. Gigantes de Acero no es esa película. Los créditos anuncian que está basada en una historia de Richard Matheson, célebre autor de ciencia ficción cuyas historias han inspirado numerosas adaptaciones, desde episodios de la clásica serie de TV La Dimensión Desconocida hasta filmes como I Am Legend (Francis Lawrence, 2007) en el que Will Smith era el último hombre vivo en un Nueva York repleto de zombis. La mejor ciencia ficción, de la cual Matheson es un exponente, utiliza la fantasía para comentar sobre la condición humana. Pero aquí estamos en la provincia del high concept, el gran concepto que convence a los estudios de financiar un proyecto y al público masivo de llenar las butacas.
El gran concepto funciona haciendo asociaciones a otras películas. Una adaptación de la historia de Richard Matheson suena pretencioso. Mejor decir Rocky V con robots. Y funcionó. En su fin de semana de estreno, Gigantes… ocupó el primer lugar con 27 millones de dólares. En un lejano segundo lugar quedó The Ides of March, un drama ético-político dirigido y protagonizado por George Clooney, con 10 millones de dólares en recaudaciones. Los filmes para adultos no pueden aspirar a competir con productos que apelan al público infantil y juvenil. La situación se agudiza en los canales de distribución internacional, donde estos productos son favorecidos con distribución expedita mientras filmes ambiciosos quedan relegados a circuitos especializados en grandes ciudades.
Gigantes de Acero ganó la batalla del billete. Pero, ¿es eso algo que debamos celebrar? Dios lo bendiga si esto le entretiene, pero incluso como ejemplo de cine comercial, viene del fondo del barril. Su razón de ser está en sus ruidosas secuencias de acción, pero hay que conectar emocionalmente, y para eso está la trama putativa: Hugh Jackman es un exboxeador convertido en promotor de peleas de robots. Su vida se complica cuando debe cuidar del hijo que abandonó años atrás. El niño es, por supuesto, precoz y fanático del deporte. Juntos recuperan a un viejo robot y lo manejan hasta un triunfo doble: en el ring, se enfrenta al colosal campeón. Fuera de la lona, Jackman se reivindica ante su hijo y se convierte en un mejor ser humano. ¡Todos ganan! Cualquier ironía y subtexto que podría suponer alguna incomodidad queda ignorado. Los villanos titulares dueños del temible campeón Zeus son una heredera rusa y un genio japonés de la programación. Ah, xenofobia y antintelectualismo de un solo golpe. Muy astuto. Eso es lo que pasa por inteligencia en esta pieza de escapismo destilada de la unión de los juegos de vídeo, la lucha libre y el melodrama familiar-deportivo.
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