Humberto Belli Pereira

El 12 de octubre misionero

Las carabelas que arribaron a tierras americanas el 12 de octubre de 1492 traían personajes contradictorios: misioneros ávidos de almas y aventureros ávidos de oro. Dos impulsos difíciles de conciliar, que construirían las páginas más gloriosas y más negras de la nueva historia, y en la cual la Corona jugaría un exigente papel de árbitro y moderador.

Los misioneros representaban el celo de quienes dejándolo todo, se aventuraban a las nuevas tierras para construir una especie de utopía cristiana, destinada a desplazar la herencia pagana y tribal y a integrar la fraccionada sociedad indígena en un solo proyecto católico imperial. Los conquistadores, y quienes con ellos se embarcaban en pos de empresas fabulosas, eran con frecuencia hombres ansiosos de encontrar oro y vasallos. No podían resignarse, como observó Coronel Urtecho, a continuar siendo los labradores y porquerizos que habían sido en Extremadura o Andalucía. “Querían ser señores y fundar señoríos”.

Los señores necesitan vasallos y los indios parecían puestos por la providencia para jugar este papel. El problema es que para algunos conquistadores las fronteras entre vasallo y esclavo no eran muy claras. Desde su óptica los aborígenes eran “bárbaros”, sumidos en el canibalismo y los sacrificios humanos, a quienes había que someter y enseñarles a servir a sus señores. También eran almas que había que civilizar y ganarlas para la fe católica, —insistían los misioneros— exhortos que a veces caían en buena tierra, produciendo señores capaces de compasión, y otras veces en oídos sordos o endurecidos.

En medio de las circunstancia coloniales, es un crédito a favor de la Iglesia que fueron sus clérigos y religiosos, quienes alzaron la voz en defensa de los aborígenes, labor que les costó la animosidad de muchos conquistadores y, en ocasiones, la vida. Sobresalen entre ellos Fray Bartolomé de las Casas, quien en palabras de Helen R. Parish, “consumió cincuenta años mortales dirigiendo quizás el mayor esfuerzo para los derechos civiles y la justicia racial en la historia de la humanidad”. En Nicaragua encabeza la lista Fray Antonio de Valdivieso, obispo de la ciudad de León, asesinado en 1550 tras denunciar la trata de indios que practicaba el gobernador Rodrigo de Contreras. Juan Pablo II resaltó el valor de estos testimonios en ocasión del 500 aniversario del descubrimiento: “En el seno de una sociedad propensa a ver los beneficios materiales que podía lograr con la esclavitud o explotación de los indios, surge la protesta inequívoca desde la conciencia crítica del Evangelio, que denuncia la inobservancia de las exigencias de dignidad y fraternidad humanas, fundadas en la creación y en la filiación divina de todos los hombres. ¡Cuántos no fueron los misioneros y obispos que lucharon por la justicia y contra los abusos de conquistadores y encomenderos!”.

Al lado del capítulo heroico y visible de la denuncia profética, se escribió otro menos sonoro, pero no menos valioso: la labor de innumerables religiosos y laicos anónimos en pro de la educación y promoción social de los indios; escuelas, hospitales, asilos, orfelinatos, montes de piedad e iniciativas como la de las misiones jesuitas en Paraguay, con los indios guaraníes (1609-1768). Durante casi cuatro siglos, la mayor parte de la atención social a la población menesterosa recayó en religiosos y clérigos católicos. Pero también en algunos laicos, como la gran educadora nicaragüense Elena Arellano (1836-1911), fundadora de colegios y gestora del establecimiento de los salesianos. Ella, junto con otros laicos, cuya historia no se ha contado, serían los descendientes de quienes hace quinientos años se embarcaron en la aventura que no termina jamás: construir la civilización del amor.

El autor es sociólogo y fue ministro de educación (1990-1998).

 

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