Como la novela de Sergio Ramírez Mercado, Un baile de máscaras , nuestra historia puede verse también como una danza circular de ficciones, de falsedades trágicas.
Primera máscara, la del militarismo imperial azteca, que se apropió y falsificó con fines de dominación las refinadas elaboraciones culturales de los pueblos que le antecedieron: mayas, zapotecas, totonacas, teotihuacanos.
Segunda máscara, la del imperio teocrático de una España con pies de barro, que dominando la vastedad de América, realmente era una colonia de las otras potencias europeas, cuyo oro no tocaron los pordioseros y pícaros que atestaban sus plazas y fue a dar a manos de los banqueros de Londres, Amberes y Amsterdam.
Tercera máscara, la de una independencia que fue más orfandad que lucha por un proyecto autónomo y que, ante el desmoronamiento del orden cerrado de la dominación española, se arropó con el manto de instituciones francesas y norteamericanas ajenas a la propia evolución histórica y “constitucionalizó” el reinado de la mentira, estableciendo repúblicas de papel mangoneadas por caudillos y generales.
Cuarta máscara, la de la Revolución de los ochenta, con su proclamada economía mixta, pluralismo político y no alineamiento, y su fracasado intento de copiar los modelos cubano y soviético.
Quinta máscara, la democracia del pacto, por la que los caudillos se repartieron el botín del Estado y se garantizaron impunidad mutuamente. Por último, la más reciente: la de la llamada “continuación” de la Revolución de los ochenta, “socialista, cristiana y solidaria”, la del negocio y el robo en nombre de los pobres; la de un régimen que, a pesar de concentrar en un solo puño todos los poderes del Estado, se resiste a ser calificado de dictadura.
El poder oculta y se oculta detrás de sus múltiples máscaras; encubre el rostro sombrío y hierático de la dominación y la muerte. Rebeliones, asonadas, conjuras, golpes de Estado, guerras civiles, intervenciones militares extranjeras, revoluciones: nada ha sido capaz de poner fin a esta danza macabra.
Las armas han derribado los ídolos, pero inmediatamente los ha sustituido por otros más sanguinarios. La misma democracia no escapa a la tentación del disfraz y solo cuando surge de abajo, y es producto de una permanente creación colectiva, evita convertirse en otra ideología. Susceptible de falsificaciones y corrupciones, solamente el ejercicio de la crítica, inseparable de la apropiación colectiva, su conversión en un proyecto de autonomía colectiva, puede impedir su degeneración en demagogia o dictadura de las mayorías. Y tanto el pensamiento crítico como la responsabilidad ciudadana no solo presuponen la garantía de las libertades y una prensa libre e independiente: exigen un cambio de actitud, de creencias, costumbres y valores.
La democracia como permanente creación colectiva y la crítica como el disolvente de las imágenes, de las máscaras que ocultan el rostro verdadero del poder. La crítica, imaginación depurada de la fantasía y decidida a encarar la realidad, como nos recordaba Octavio Paz, que “no es el sueño, pero nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones”. Solamente ambas podrán derribar para siempre ídolos y caudillos, acabar con la mascarada en que ha consistido nuestra historia, disipar los fantasmas, iluminar el sendero, despertar y disponer el ánimo para emprender el viaje. El autor es jurista y catedrático universitario.
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