Alejandro Serrano Caldera

Encuentro entre dos mundos

La relectura de los libros de Arturo Uslar Pietri en estos días cercanos a la conmemoración de la fecha de la Hispanidad, Ensayos sobre el nuevo mundo y Fantasmas de dos mundos , me han llevado, a partir de los planteamientos del escritor venezolano sobre América Latina, a reflexionar sobre el mismo tema desde la perspectiva del tiempo presente.

América Latina es un caso singular en la historia del mundo moderno, y lo es debido a las circunstancias especiales de su formación originaria en la colonia, en las que, junto al dominio que ejerce la corona española al imponer un determinado modelo hegemónico, lengua, religión, valores, este, no obstante, no es una simple reproducción al carbón del arquetipo español, sino un dramático proceso de interacción entre las culturas en conflicto, sin perder de vista, por supuesto, el carácter dominante de la cultura española.

Es evidente que la cultura indígena, que no es una sino múltiple, es alterada cualitativamente por el proceso de la conquista y la colonia, pero también lo es que la versión del mundo del colonizador se modifica por su experiencia americana que incluye el contacto con las costumbres, valores y creencias, es decir, con la cultura en general de los seres humanos que pueblan el mundo que deben someter. A partir de ahí, el español de América no es más el español que salió de España ni el que permanece en ella.

Además, España y Europa no serán las mismas a consecuencia del encuentro de ambos mundos, pues, empezando por la idea que sobre el planeta tierra se tenía, el nuevo mundo, en algunas de sus culturas más antiguo que Europa, va a cambiar los referentes geográficos, e incidir en las concepciones morales y filosóficas prevalecientes.

A esto habría que agregar el impacto que produjo en Europa la llamada revolución de los precios, a consecuencia del flujo y acumulación de los metales preciosos, principalmente el oro, la plata y el estaño provenientes de las minas americanas, pero también de la papa y el tabaco y, aunque sea un producto de otra naturaleza, la importación y desarrollo de la utopía que Tomás Moro haría universal a partir de su célebre obra del mismo nombre, publicada en 1516.

América dejó de ser la utopía que fue, la tierra del buen salvaje y de la felicidad posible. La utopía, que significa el lugar que no existe, paradójicamente termina cuando se establece la existencia de ese lugar “inexistente”, y se comprueba, además, que ese sitio no era realmente el reino de la felicidad y la armonía.

Más que producir utopías, América ha producido una visión del mundo entre el mito y la razón, entre la intuición y el pensamiento, un mundo contenido en el arte y la palabra que incorpora una nueva visión, pues las palabras como las cosa tienen perspectiva y llevan en sí integrados el tiempo y el espacio en que se producen y pronuncian.

De España llegan el idioma, la espada y la cruz, el poder político y religioso que significará para América la recepción y adopción de las ideas de la Contrarreforma, del poder político teocrático y de la instalación de las estructuras de colonización del imperio español. Todo esto significó a la vez un proceso de resistencia, absorción y adaptación al sistema durante los siglos XVI, XVII y XVIII. La aventura del “descubrimiento” fue fruto del Renacimiento, en tanto que la colonia, prolongación de la Contrarreforma en tierras americanas, lo fue de la Edad media.

En el siglo XIX, con una España bajo el imperio de Napoleón y de las ideas de la ilustración francesa del siglo XVIII, se producen en América las luchas de Independencia y el nacimiento de las repúblicas que habrán de constituirse sobre la base jurídica y política del derecho público francés, y de las normas fundamentales de la Constitución de Cádiz de 1812.

A partir de ese momento la idea un nuevo sistema político que es la antítesis del anterior, deberá establecerse en América sobre una sociedad que no lo ha producido y que, sin haber todavía absorbido el sistema colonial anterior, debe ahora asumir aquel otro fundado en las ideas de la Revolución Inglesa, de la Revolución de Estados Unidos y, principalmente, de la Revolución Francesa.

Para los países de América Latina esto va a significar un nuevo y complejo proceso de acción recíproca entre una realidad cuasi feudal sumergida todavía en las ideas de la Edad media, y el pensamiento jurídico y político moderno de la Ilustración y la Enciclopedia.

Por ello podríamos decir que América Latina ha sido una contradicción sin síntesis, o mejor aún, que ha sido más un contradicción que una síntesis. En efecto, la situación dominante se manifiesta en la contradicción entre la cultura indígena y española, primero, y entre la teocracia monárquica y las ideas políticas de la ilustración, después. En cambio, lo que podríamos llamar la síntesis, adquiere su expresión más visible en la palabra poética de Rubén Darío, en la que se incorporan la tradición precolombina y las corrientes greco latinas, españolas, simbolistas y parnasianas y la de la poesía americana, principalmente de Walt Withman. Luego continuará forjándose una expresión propia en el arte, poesía, pintura, narrativa, y en temas como los de la teología y la filosofía de la liberación, la teoría de la dependencia, la pedagogía de Freire, entre las más destacadas expresiones universales construidas en América Latina.

A pesar de la expresión de identidad en el campo de la estética y la literatura, y aun en algunas formulaciones conceptuales y morales surgidas en los años sesenta del siglo XX, América Latina no ha producido una propuesta política y jurídica propia, ni ha logrado tampoco integrar satisfactoriamente a su realidad el mundo jurídico y político surgido de la Ilustración europea.

Hemos vivido y vivimos aún el conflictivo proceso de adaptación entre la realidad premoderna y el mundo jurídico moderno. Producto de ese choque cultural ha sido la aparición reiterada de la figura del caudillo, que reproduce en el plano político y a nivel del Estado la figura del dueño de hacienda y del pater familia, ejerciendo como ellos un poder autoritario y despótico.

Mientras no culmine ese proceso de adecuación entre la realidad económica y social y el enunciado constitucional, en algunos países de América Latina, incluido el nuestro, continuará reproduciéndose la figura del caudillo, surgido de la fractura entre la realidad sociopolítica y el mundo formal y normativo.

Solo la toma de conciencia de que el poder es lo que la ley dice que es, que el derecho es sistema de límites al poder, y la institución causa y cauce por donde este discurre y se ejerce, podrá permitirnos a través de un verdadero proceso educativo en valores cívicos, realizar la integración de los principales afluentes de la cultura jurídica y política que sobreviven superpuestos y sin una adecuada intercomunicación.

Jurista, filósofo y escritor nicaragüense

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