“Buenas noches, lo escuché hablar en español en la recepción”, me dijo aquel desconocido, sentándose en la silla de al lado, su rostro lucía cansado, con pinta de obrero nica de la construcción. Me encontraba en la estación de la línea de buses “Greyhound” en Orlando, Florida, esperando hacer la conexión con el bus que debía llevarme a Miami, de camino a tomar el vuelo de retorno a Managua, después de una visita familiar. “Greyhound” es el nombre que se le da en inglés a los galgos, una variedad de perros de carrera muy rápidos y elegantes.
“Soy de Honduras y vengo de regreso de los funerales de mi papá, tenía más de 10 años de no ir a mi tierra”, continuó hablando el desconocido. Como desahogándose de una tensión, contó que retornaba a los EE. UU. en una odisea que inició comprando documento falso de identidad a autoridades mexicanas de la frontera con Guatemala, que había viajado en autobús hasta Tamaulipas en la frontera con Texas, travesía en la que repetidamente fue extorsionado por policías que le exigían dinero para dejarlo viajar.
Una vez que llegó a la frontera, los “coyotes” (traficantes de migrantes ilegales) que debían pasarlo hacia Estado Unidos, lo retuvieron durante un mes en un corral en el que se hacinaban otra veintena de desventurados viajeros; sus captores continuamente lo amenazaban de muerte, durante su cautiverio vio cómo personas que llevaban varias semanas detenidas y no podían pagar, sencillamente desaparecían; afortunadamente, su familia en Miami logró reunir y enviarle tres mil dólares, pasó en un camión herméticamente cerrado a Texas, lo hicieron bajar en un sitio desértico y caminar sin parar durante tres días y noches, sus “guías” no le proveyeron comida ni agua, tuvo que beber agua de charcos sucios y vio morir a un anciano que no soportó las duras condiciones. Lo encerraron nuevamente en un garaje, en el cual lo detuvieron hasta lograr reunir otros tres mil dólares y ser llevado a San Antonio, ciudad en la que fue liberado; viajó con amigos hasta Nueva Orleáns, allí tomó el bus hacia Miami, su lugar de residencia; terminó comentando que se encontraba contento porque finalmente estaba próximo a llegar a su destino. Cuando conversaba, se acercó otro hombre, bien vestido, quien se identificó como un Pastor evangélico, también hondureño y que se ocupaba de apoyar a los inmigrantes.
Al partir el autobús, el emigrante hondureño se sentó en la última fila. Al llegar a Fort Lauderdale, última parada antes de Miami, abordaron el autobús un par de oficiales de Migración, quienes avisaron que pasarían revisando los documentos de identidad de los pasajeros. Pensé que la aventura del emigrante sin papeles había terminado y allí sería detenido, cuando repentinamente otro oficial llamó a los que se encontraban dentro del bus, quienes bajaron precipitadamente. “¡Buena suerte del hombre!”, pensé.
Cuando el autobús arrancó, pasajeros del fondo y el conductor comentaron sorprendidos: ¡Se les escapó, el hombre se fue, en un segundo quitó la ventana de emergencia y brincó corriendo hacia una calle, lo habrán detectado en Orlando y planearon capturarlo en Fort Lauderdale, cuando los policías se dieron cuenta que había saltado por la ventana, ya se había perdido en las calles, a ese no lo agarran!
Instinto básico del ser humano es explorar y conquistar nuevos territorios que le garantice la supervivencia para sí mismo y su grupo, particularmente cuando el entorno en que viven no se lo garantiza. Las grandes masas humanas migrantes del siglo XXI, arriesgándolo todo, son expresión de esa conducta primigenia. El autor es psicólogo social
El hombre se fue, en un segundo quitó la ventana de emergencia y brincó corriendo hacia una calle, en Orlando, Florida.
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