Asalto en una calle

El reloj marcaba las 8:00 de la noche. A esa hora tenía que adentrarme en el barrio Hialeah. Llevaba un pollo y unas verduras para un familiar que estaba enfermo. No sentí ninguna “corazonada” de que me iban a asaltar, pero no la necesitaba, sabía que me estaba metiendo a la boca del lobo.

Por Eduardo Cruz

El reloj marcaba las 8:00 de la noche. A esa hora tenía que adentrarme en el barrio Hialeah. Llevaba un pollo y unas verduras para un familiar que estaba enfermo. No sentí ninguna “corazonada” de que me iban a asaltar, pero no la necesitaba, sabía que me estaba metiendo a la boca del lobo. Tomé un taxi cerca del mercado Israel Lewites y le di la dirección al taxista, según la cual me iba a dejar exactamente frente al portón de la casa adonde yo me dirigía. Comencé a conversar con el conductor para agarrar confianza y me dejara seguro en mi destino, pero no me sirvió de nada. Cuando llegamos a una entrada de Hialeah que está en la Carretera Suburbana, se detuvo y me pidió que me bajara. “Ahí no entro”, me explicó cuando le supliqué que me dejara dentro del barrio.

Me bajé del taxi no con buenos sentimientos para con el taxista y comencé a caminar. Eran como las 8:35 de la noche. Como a 50 metros de la entrada ¡ahí estaban! Era un grupo como de ocho jóvenes que en una especie de rueda estaban tomando licor. Unos con pantalones “chingos” y camisetas, otros con el pelo largo y sin camisa. Por la poca claridad no pude reparar en si estaban tatuados o no.

Sentí en las piernas un pequeño “hormigueo” y ganas de regresarme. Pero inmediatamente me puse a pensar que tal vez solo estaba prejuiciado y que debía seguir adelante. Seguí caminando y hasta me percaté que los tipos estaban en estado avanzado de embriaguez y ni me alzaron a ver. Comenzaba a celebrar el pase triunfal por la zona de peligro cuando sentí que por detrás alguien me guiñó de la camisa e inmediatamente comenzó a ahorcarme con uno de sus brazos. Ahí se me vino el mundo encima. “Ya me puyaron” fue lo primero que pensé. Mientras el sujeto que me estaba ahorcando me derribó al suelo, se acercaron sus compinches.

“Tranquilo, tranquilo, llévense todo lo que ando y no me hagan nada”, les dije. “¿Cuál tranquilo?”, me decían. Y mientras se soltaban en un popurrí de palabras soeces también me propinaban puntapiés y golpes en todo el cuerpo. Uno de los golpes me lo dieron en el mentón, fue el que me hizo sentir mareado. Y mientras trataba de ubicarme mentalmente, vi el pollo y las verduras que estaban tiradas en el suelo, en la superficie de aquella calle de tierra, pedregosa y surcada por varias corrientes de agua sucia.

“Matalo, matalo”, escuché que decían. Cerré los ojos y esperé que me hirieran con algún objeto cortopunzante. Pero no pasó nada. “¿Ya no anda más nada?”, se preguntaban entre ellos. Ya me habían revisado las bolsas del pantalón y la camisa, de donde me habían sacado 350 córdobas. Era todo lo que andaba. También me habían quitado los zapatos.

Por fin los individuos se disponían a retirarse, como si nada, mientras la zona se veía desolada, como si de pronto era una calle fantasma, aunque las puertas y ventanas de las casas permanecían abiertas.
Uno de los asaltantes preguntó: “¿Le revisaron los calcetines?” “No”, contestó otro.  Y se regresaron a revisar si andaba algo de dinero en los pies ocultos entre los calcetines. Uno de los tipos me rozaba las plantas de los pies sobre los calcetines y a mí, aunque parezca surrealista, me dio un ataque de risa, por las cosquillas seguro, pero tal vez también por los nervios.

Finalmente se fueron. Yo me levanté del suelo cuando divisé que ya iban lejos. Recogí el pollo y algunas de las verduras que todavía estaban dentro de las bolsas. Miré que los individuos estaban como a media cuadra de mí y caminé hacia dentro de Hialeah. ¿Llamar a la Policía? Tal vez, pero también me habían robado el celular.

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